viernes, 5 de agosto de 2016

apropiación 1

perlongheriana cadavérica 
(ejercicio de masticación,
deglución y
excreción: 
escritura en contexto de puerperio)*



en el conurbano, en la selva, en el altiplano
en la barba del maestrito de Neuquén
en las gafitas intelectomilitantes de Choele Choel
hay cadáveres

en la 1.11.14
en la Cava y en la Cárcova
hay cadáveres
en Lugano, en La Matanza y en la Cañada de Bernal, cadáveres

en la flor de mi secreto
en la del tuyo
en el nuestro
hay cadáveres
en mi flora intestinal cadáveres
en tu culito al mejor postor cadáveres

acá
cerquita
en el riachuelo
hay cadáveres
tus pececitos negros
indigestos de plagas
son cadáveres

en el autito del taxista
que te confina a volver a  tu cercano país con diminutivos picaroncitos
o en el del otro al que no le gustan ni tu gorra ni tus yantas
en la cola del banco donde tal vez cobres o cobres
en el bondi de las 6 apiñado cercado acorralado
en la senda peatonal invadida por trompas mecánicas
en ese auto estacionado que le tapa la rampa a tu sillita
en ese cruce de avenidas donde más de un muertito
hay cadáveres hubo cadáveres habrá cadáveres

en nombre del padre
cadáveres
en el del hijo cadáveres
gracias al espíritu santo
más cadáveres 
innombrables ignotos desaparecientes cadáveres

en la marchita del general
cuyo combate perdimos y seguimos perdiendo
en la esperanza de querer revertir la historia

en la divinidad de tu presencia, mesías,
en la que creíste tal vez más que en tu causa
en lo dado de tu condición subjetiva
y en tu Golgotita boliviano
sigue habiendo cadáveres
se reproducen como conejos los cadáveres
se propagan como insectos urbanos más cadáveres

en la escuelita de frontera
en la de esta esquina de la capital 
llenas de hijitos de esos que querés reenviar a suelo limítrofe 

en las de más allá y más acá
en sus pizarras inánimes y en sus docentes títere maestros marioneta profes fantasma
en sus computadoritas sin wi fi sin tun tun ni tan tan
en el vasto mundo virtual que nos ofrece
en la bocota virtual que nos come y nos carcome
en el río de imágenes que no cesan
en esas simpáticas cadenitas de mail
y en tu i phone   en tu smart phone    en tu bobo phone
en los colosales auriculares que te aíslan del reino de este mundo
en las zapatillitas astronáuticas que no te ayudan a correr y te dificultan el paso
con esa pipita bien a la moda
en las calcitas brillosas que antes eran grasas y ahora son palermogólicas
palermocool
palermocononda así todo juntito, bien apretado
como pavita bochornosa entre la lycra lumínica estrellada
en todo todo todo eso hay cadáveres, che

en tu ONG donde los gringuitos pasan unos días al lado de los pielesroja-cabeza-negritodelavillaolafavelita

en tu face-buquito donde te ves tan mona:
ahí y más allá, hay cadáveres, cadáveres con fotitos del día de su muerte
y con diapositivas de ese más allá tan fashion, tan buena onda, tan tipoooo las cañitas

en puan al 400
y en su manga de puancitos apunados de ideas

en la calle Córdoba al 2100
y en su falta de ideas encadenada a un lenguaje de cotillón, bien anglo, tan de péipers que se olvidó como se dice empleo en español
en su trajecito de tiro bajo liberalcito keynesianito y fridmanianito a priori
en todas las ubitas de este mundo
con sus conicetitos tan en lo alto de la atmósfera que no conocen lo que es caminar por una callecita empedrada, estar embotellado para ir al laburo o cruzar una calle por la senda peatonal nahhhh, todo eso es gilada de los que no usamos la materita grisecita

y en todas las academitas:
¿tendrá el cielo el goce de estas nobles instituciones preocupadas por nuestra cultura? 
lo que es indudable es la burlita, el canto y el poco poco para mínada nada para el resto
¿y sus pobrecitas cualidades incompletas y repletas o inyectas?
en la camillita donde el doc no te explica pero te hace
donde dejás que te hagan
y te revuelven esas tripitas tan humanoides/ tan para investigar y abrir/ y volver a cerrar

en el banquito donde no entendés pero te sacan
en el otro banquito donde te acusan por
en la vocecita de ese joven con acento latino
que te explica que él no sabe, que él no fue, que mil perdones pero no está a su alcance
que disques otro interno
en la quejita que no podés hacerle a la mega empresita que te vendió alguna de esas cositas que no necesitabas pero que igual, así, sin querer, compraste al reverendo pedo
para darle un puto sentido a la esclavitud de ese salario
que para mucho no alcanza
y para poco menos
pero igual
igual igual
una sombra le preguntó a la luz del próximo vagido:
-Cuántos cadáveres hay en este entierro
y se dio el siguiente diálogo:
-No, señor
-Sí, señor
-Pues entonces, ¿quién lo tiene?
-El gran bonete
la luz se escondió bien entrañadentro    para escaparle al absurdo
la sombra se llevó toda la barriada de muertos con ella
y sin embargo
seguimos viendo cadáveres
seguimos cadáveres

somos y seremos                                   cadáveres


*'cadáveres': https://www.youtube.com/watch?v=wJZKXwrOXb8


jueves, 28 de julio de 2016

captura sobre letra 2

de Trasbordos  (2012)

Imagen de Agustina Pagliaricci
me dedico a pulir las formas de estar lejos

                       como si olvidar existiese
                       como si fuese posible

les construyo un pedestal
y desde lo alto
                         miro el mundo bailar su conga

mi faena de borrar
                           uno por uno
             los lazos que me atan a quien sea
resulta imprecisa, de poca monta, roza lo ridículo


soy la fugitiva de mis pasos
                                          camino mi miedo
                                          lo desarmo
                                           lo escondo
                                          lo recito de memoria
                                       lo dejo en el placard
y a veces me grita, de noche, cuando duermo

las retiradas son las de la falta de méritos
         las del no estuvo a la altura

haciéndome la tonta cada tanto
fabrico miradores que me raptan del recuerdo
                             y mutilan los restos de lo desaparecido
que peligra este orden de cosas


migré a este lado del asunto
                        desarmadas las piernas de la pena

siento lo terrible de querer entender el universo                      dirá alguna virgen niña
en la nebulosa de sus sospechas
-sin responderle, concluyo en lo minúsculo del cosmos-


y tengo todo lo que perdí
guardo el misterio
me rindo a mi ocurrencia de crear          la guarida de lo poco y lo pequeño
donde no son los muertos              sino yo               la que descansa en paz

martes, 26 de julio de 2016

estaciones


Ayer fui al cajero a sacar unas mandarinas, era esa hora del día en que la noche comienza a asomarse con alguna timidez, y lo único que obtuve fueron unas naranjas viejas y arrugadas, tan sin jugo que daban un poco de pena. Ese domingo me quedé sin postre. Y no sólo yo, todos (yo distraída) en casa cenamos con la sonrisa de la espera y después, después nada, un rato más de tele y a la cama sin.  Los feriados, los días no laborables, a veces tienen ese aroma a medialuna de otro en la más hambrienta y propia mañana, esa tibieza de arrumaco ajeno, como si querer alcanzar alguna pequeña gloria sin darnos cuenta fuera imposible desde el vamos, como si esa pieza de museo fuese un hueso de otro perro.
Con un domingo sin postre, por lo general, la semana empieza mal. El sol aunque radiante se esconde y uno va emperifollado con las mil hojas del abrigo del otoño en el transporte público o en su propio vehículo, tal vez a pedal.  El trabajo siempre queda lejos: conocí una colega que tardaba un año en caminar la cuadra que iba desde su casa a la escuela en que ejercíamos no sé qué ideal. Entonces, para ella, cada día era un año y pico y su año como siglos de caminar en parsimonia (banda de sonido alunizante y profusa), y así llegaba, como por fuera de la ley de gravedad que nos convoca a todos o a casi todos. En mis décadas diarias nos encontrábamos, ella y yo, en algún recreo a tomar ese tan necesario cafecito de 15 minutos entre el vocerío del resto de los compañeros y el griterío de los chicos que venía desde el patio.  Hasta que un día, o un año y puchín, no vino más, se mudó para llegar más temprano y se perdió en el camino.
Yo sigo en la escuela que es otra de las esquinas que atesoro como anclas de mi biografía, no porque  todo en ella sea tornasol o helio que acaricia los techos en su disfraz de redondez, no tampoco, porque ame los 14 kilómetros que distan entre esa ochava de La Paternal y la de mi encumbrado hogar en un 5to piso San Telmo, sino porque en el vaivén de un único claroscuro puedo ir juntando para mí pequeñísimas glorias pasajeras que no por glorias dejan de ser olvidables.
Hablando de ellas, una vez salí de la escuela con la sonrisa de un  joven puesta en mi rostro.  Su gesto imberbe, con el transparente contento de entender lo que nunca antes, para él, había sido entendido, se tatuó en mi cara. Su sonrisa era la de haberse librado de un chaleco de fuerza  que había estado contorsionando su razón por los siglos de los siglos de ese primer año de escuela secundaria. Y, con sus comisuras alegres, no sé por qué, con la inocencia de la razón-cita de un joven de quien puedo saber tanto o tan poco como quiera el azar, salí corriendo. Corrí y corrí con esa apenas esbozada sonrisa en el eco de sumi recuerdo alojado en mis mejillas, di unos zancos traslúcidos durante varias cuadras hasta llegar al parque donde a veces almorzaba o pasaba mis horas libres y me comí en un rapto de glotonería unas cuantas imágenes de jardines brotando de la niebla. Al rato me sentí descompuesta o, más bien, me pensé empachada. Así se desencadenaron  las tres vueltas que di al perímetro del parque. En esa circunvalación cuadrilátera entendí que todo era cuestión de sensaciones y que mi malestar se había ido en forma de eructo al cielo, que en el cielo había un trío de palomas que volaban, por fortuna, a la diestra, inconscientes de su vago quehacer o espantadas por el ruido de aquella glotonería. Y sin darme cuenta, ahí mismo, en el centro del parque al que había llegado no sé cómo, ebria de mí y del mundo, salté tan alto que toqué la punta del mástilcentrodetantojocosoverde y colgué de él una sonrisa ajena, tal vez la del niño que había entendido no sé qué de tanto objeto gramatical. Y cuando caí mi cabeza se golpeó contra los mosaicos de las sendas unidas de aquel recinto abierto al que conducían todos esos caminos de mi pequeña roma, y en el impacto del golpe mi vientre se ensanchó como una pelota de básquet de la que salieron disparados como fuegos artificiales tres hermanos gemelos que nunca más encontré: uno que cantaba algo sobre las sogas que saltan las niñas cuando usan todavía polleras tableadas y medias tres cuartos, otro alardeando cánticos sobre una almohada gigante para rebotar contra ella y levitar todos juntos a la hora de la siesta y, el último, escandiendo versos  sobre el olor de las mandarinas que queda en las manos después de haber atravesado ese traje naranja que nos invita a la fiesta cítrica de su desnudez, incluso cuando pensamos que estamos fuera de estación y es, en verdad, o de a mentiritas, pleno otoño.
Menos mal, me dije, menos mal que existe la memoria que nos quita las malas costumbres y entendemos que el postre es realmente otra cosa.

(Epílogo:
Y ahora que entiendo el significado del postre, puedo decir que, en el vaivén apurado que la semana me entrega como vendaval en mano, están ocultos esos espías que se alojan tan disimuladamente en el sueño como en todas las lunas de Valencia. Y que esos sueñolunas saben de repente a  aroma escondido en la memoria: como el puré de calabaza que pisaba la abuela mientras cantaba algo en guaraní que ninguno de nosotros entendía aunque todos entendíamos sin entender. Como un beso sorpresa que un mundo imposible nos da en una esquina del barrio cuando todavía no sabemos nada del amor. O acaso a modo de planeo en cámara lenta por sobre toda la geografía de nuestras sospechas, incluyendo los altos de nuestro deseo y las mareas arremolinadas de reflejos equívocos y no tanto.
No hay mal que por bien no venga, dicen. Y yo, no sé por qué, tiendo a creer en esa voz anónima que dicta sentencias tales. Me gusta la musiquita que llevan consigo, las imagino como cajas pequeñas donde una bailarina desarropada desnuda sus movimientos para enceguecer al que la observe y dejarlo ahí, en el silencio cándido de la contemplación. La veo sentándose en una playa ruidosa que ella misma inventa para ser sirena y cantarle a los hombres de los barcos el susurro de su diminuta voz que no intenta más que acompañarlos por un rato en el trayecto de sus faenas marinas y mercantes. Acompañarlos y desaparecer como un eco que se va sin despedirse, como el sabor del membrillo que lentamente se despide de la boca dejándonos una tímida huella azucarada. Nada de encantamientos. Simple pasar de lo –casi- imperceptible.)



jueves, 21 de julio de 2016

captura sobre letra

foto de Julia Rovere


de
Trasbordos (2012)

mi pequeña porción de mundo se desarma
porque cree que cree

porque planta el abrigo de una esperanza en el patio de la casa

porque se conoce y sabe
que toda entrega a un plan injustificado


deshace los versos
los desvela
los lleva al otro lado del orbe y sus lenguajes




cañón

No puedo dar cuenta del momento en que empezamos a ser otras. Ocurrió, como todo lo realmente importante en la vida, por azar: al menos de eso comencé a convencerme hace un tiempo. La primera vez que la voluntad de lo fortuito me encontró con Paz yo todavía no tenía el autoconocimiento necesario como para entender que toda Guerra necesita, como cualquiera de nosotros, a su opuesto complementario de este mundo. Cuando nos reencontramos, años más tarde, y, otra vez, por casualidad, algo nos ensambló e hizo de nosotras un equipo que sabría acostumbrarse a la constancia del viaje. Algo, hablando del origen de nuestra primera persona que es acaso comunión y biografía, podría ser una materia de la carrera de letras, por un lado, y un recital del Indio Solari, por otro. Uno más Uno siempre da tres en este mundo.
Así de simple acontecen las cosas, no hablo de todo lo que habita el tiempo que nos encierra en sus hordas de minutos y segundos, no, hablo de aquello que sabe encontrar la calma y una modesta morada en la memoria.
Todos nuestros avatares del alejamiento nos parecieron pocos y breves. No sé en qué momento decidimos irnos tantas veces como el trabajo, el dinero y los feriados nos lo permitieran. No sé quién impulsaba a quién a ese estado de fuga constante, tal vez nos turnábamos. Lo que sí sé es que de toda nuestra bitácora de viaje hay un fragmento que es también todos los otros y que de él quizás proviene también todo lo que vendrá. En ese viaje las dos estábamos por hache o por be despojándonos de parte constitutiva de lo que habíamos sido. Puede que la encrucijada que nos tendió el destino proviniera de ese doble desarraigo.
El paisaje era árido como pocos, pura roca alrededor y la erosión de los siglos ahuecando el panorama. Se respiraba aquella tarde el ocre rojizo que anunciaba la proximidad de lo bárbaro o lo salvaje. No nos dimos cuenta en qué momento habíamos comenzado a ser perseguidas primero, asediadas, más tarde: la cosa es que un séquito de oficiales venía hacía kilómetros detrás nuestro. Nosotras, sin saber a ciencia cierta por qué, desde nuestra primera percepción de ese otro uniformado en nuestra proximidad, sin pensarlo demasiado, obedecimos instintivamente a nuestra voluntad de huir. Y así lo hicimos. Huimos, como en los sueños, del Otro que con algún motivo que nos era completamente ajeno custodiaba nuestra libertad para atraparla y amordazarla (siempre supimos que a muy poca gente en nuestros pagos le cae bien nuestra risotada de estruendo, tal vez los perseguidores no eran oriundos del lugar sino de nuestra tierra, tal vez en estos pagos todo funciona como en el nuestro, pensamos). Fueron kilómetros de andanza los que ocurrieron desde nuestra primera impresión hasta la confirmación de la misma. Pensamos que podíamos resultar sospechosas para aquellos gringos. Ninguna de las dos hablaba demasiado bien el inglés, de todos modos, tampoco se nos ocurrió preguntar ni aclarar nada. Lo cierto era que estábamos a miles de kilómetros de casa con plena conciencia de ser acosadas por la Ley y sin siquiera el atino de acercarnos a explicar que nosotras no éramos quienes ellos buscaban. Tratamos de comunicarnos con alguien de origen latino en alguna de nuestras paradas, no hubo caso, llamamos a casa, yo a mi hermano, ella a la pequeña Irving, nada. Lo intentamos, juro que intentamos escaparle a ese equívoco generado quién sabe cómo y por qué. Pero todo por algo pasa. Después de … días huyendo pasó lo que tenía que pasar, una docena de vehículos de la CIA nos encrucijó en las alturas del cañón, llenas de polvo y cansancio, nos miramos, con la intensidad de todo el sentido que puede encontrar el silencio. Fueron instantes nada más, los tipos estaban armados, yanquis tenían que ser, miré a Paz desde el side car de nuestro vehículo (a decir verdad, aunque pareciera lo contrario, siempre fue ella la que llevó las riendas) y asentí, y ese parsimonioso movimiento de mi marote fue decisivo, qué digo decisivo, fulminante: Paz en eterna complicidad con mi propia guerra, miró el abismo y apretó el acelerador).
Por ese acantilado de ese país del norte caímos una y mil veces y para siempre.            




sarah




En la osadía de querer encontrar un origen, en la de querer ver un punto inicial e imperceptible escondido en mi Universo venniano, encuentro una escena. Una mujer es acorralada por una máquina infernal con un propósito exclusivo:  ultimar la existencia de la mujer en cuestión de la faz de la tierra. Esta mujer resulta capaz de escapársele, primero, a esa máquina enviada desde el  año 2029,  y enfrentarla, después, oponérsele, convaleciente de heridas, hasta ser ella, Sarah, quien dé fin al monstruo mecánico y cibernético. Su único pecado para toda este infortunio de fugas y lides futuristas es haber enamorado a un hombre de otra era, haber hecho el amor con el porvenir, antes y después de la carne.
Sin embargo, me veo en la obligación de ser fiel al relato más que a mi propia nutrición imagínica. La vida de Sarah no fue siempre a los prosaicos tumbos epopéyicos. Hasta la llegada del cyborg al año 1984,  Sarah lleva un simple transcurrir en el smog cotidiano de California. Son ella y su circunstancia, con la que todavía no lidia. Pero todo orden suele terminar, todo organigrama de lo posible tiende a disolverse, y eso nos fragiliza, nos vuelve humanos, depende de la sensibilidad con que queramos mecer esa relación cambiante entre nosotros y el orden. Entonces, Sarah lleva una vida de mesera en Los Ángeles y la ciudad gris que la contiene no sabe mucho de ella como tampoco de otros, lo mínimo indispensable, a qué índice estadístico corresponde su perfil, a qué silicio, a nadie le importa. Sarah es una nadie más en la muchedumbre.
Y un día vienen a buscarla: el futuro y la máquina asesina.
Sarah no sabe en su vida de nadie lo que será capaz de hacer.
Entonces sobrevuela la noticia de varias otras también Sarahs y también Connors que han sido curiosamente asesinadas por un extraño de proporciones desmedidas, vestido de negro, con atuendos de cuero. Nadie imagina que el gigante es inhumano. Nadie. Y ella aún sabiéndose nadie comienza a temer. Y teme. Y sabe que está por ser encontrada. Pero ignora que es ella Sarah entre todas las Sarahs. Sarah buscada. Motivo de la búsqueda criminal: su futura maternidad en algún momento, en algún lugar. Sarah ni siquiera está embarazada cuando todo esto comienza.
Y Sarah no sólo es buscada por el mal. Ya lo dije. También el futuro envía un emisario portador de la semilla a por ella. Y el emisario cumple fielmente con su deber: preña a Sarah de futuro. Y esa preñez es la culpable de que la máquina quiera hallarla y terminar con ella, con su vida y con la del redentor, con la de la esperanza de los hombres (nadie habla o aclara si de los hombres en su totalidad, si de los nadies outsiders de este mundo, si de los toditos, no: eso no se aclara: es Hollywood).
Y entonces Sarita copula con el tiempo que aún no ha llegado, con Kyle Reese quien todavía no ha nacido. Estamos en 1984 y Kyle viene de 2029, año en el que se desenvuelve junto al jefe de los rebeldes en la lucha contra las máquinas (el aún nonato, John Connor). Este compañero del líder de la resistencia emprende el viaje al origen y al destino a la vez y en la noche del vientre de Sarah aloja las carcajadas de toda la ironía del mundo.
Y la máquina la busca. Hasta encontrarla. Y lo logra. Pero Sarah entonces descubre que hay en ella una fuerza que desconocía, y no importa si todos la dan por loca, ella continúa y se enfrenta con esa creación maquinal que la amenaza porque hay otra creación- natural- que la defiende.
Y en el fragmento que es una suerte de road movie vuelan motos, patrulleros, camiones, y Sarah, con su poroto entrañadentro, se salva. Kyle, el loco de Kyle(vengo del futuro a salvarte, vas a ser la madre de nuestro líder, puede sacudir la capacidad de creer de cualquiera, pese a que la evidencia esté diciéndonos que no hay más verdad que la realidad, mi general, y que allá afuera hay un grandote que mete miedo matando a todas las que se llaman como yo), muere, y le debe su fin al engendro cibernético.
Pero Sarah, con un supremo deseo de subsistir, no se deja caer, ni doler, y finalmente, derrota al representante del tirano que son las máquinas conscientes del futuro y Arnold, un humanoide T 800, encuentra, como el contenido de cualquier lata de conservas, su fecha de vencimiento.

Un breve descanso hacia el día del parto nos espera, Sarah.

lunes, 4 de julio de 2016

imagen 2

VENUS VICTORIA
Epifanía. Suerte de azules extensos y tierras breves. Secretos detrás del color.
In medias res, ella. Ella sosteniendo el viento con la anchura de su cuerpo, dejándolo ser para refundar la naturaleza artificial que nos muestra el mito. Ella, hija del sacrilegio contra un dios que no por caído pierde el don de su fertilidad, ahí, en su pedestal óseo, marino, donde apenas se posa, como a punto de salir volando.
El azul casi total de ese mundo indómito sería una bestia de útero alumbrado donde ella está por comenzar el abandono de la pureza.
Y el cielo y el mar, antes de ella no eran ellos sino una ficción de desmesura que en su albor, ella sabrá y podrá transmitir en el paseo ventoso de su cabellera azafranada para que en cada onda de ese vuelo se expanda cierta profusión lumínica, una polizona huella solar, viajando hacia el cosmos atardecida e incesantemente atardeciente.-