sábado, 18 de agosto de 2012

queja 7. por el desliz en la gesta de una historia


 ((mientras las historias se tejen, las palabras hacen lío entre las hojas)))

Podíamos enterrar los huecos del pasado
bajo el árbol de aquel invierno
en que empezamos a esperar la primavera

podíamos tanto
que elegir
se hizo una tierra baldía para la desmesura

pudimos tan poco
que somos niños perdidos
en un jardín de invierno

miércoles, 27 de junio de 2012

queja número 6: sobre el exilio, hogar de la palabra




rodeada de bienes se derrumba esta casa
Susana Thénon

hay que empezar despacio
a deshacer el mundo
Héroes del Silencio

El cielo está dentro de uno
Atahualpa

Mi biblioteca hizo un viajecito por tiempo indeterminado. Si bien hace poco menos de dos meses todos los libros se vieron obligados a instalarse en la pensión que para ellos es mi placard, vienen a ser, de cierto, un inquilino que goza de algún sospechoso favoritismo, ya que su habitante histórico, mis trapos, léase los harapos que se traducen en el despropósito de mi vestimenta, quedaron relegados al lugarcito ínfimo que el invasor ha decidido cederles sin demasiado ahínco que digamos. Con qué rapidez viaja el discurso del inquilinato al colonialismo, no dejo de asombrarme con esto de la treta incansable de la palabra. Y el viaje al ropero encuentra su origen en un catastro que mi pequeña morada padeció un año ha, cuando todos los caños que visten el suelo que piso en este dos ambientes de una esquina de Boedo dijeron ‘basta, es hora del júbilo, treintaipico de años es demasiado para cualquier cañería ’ y todos los vecinos de este coloso de cemento que viven del quinto piso para abajo se encontraron con su hábitat cotidiano en medio de una tormenta impredecible, de una inundación impresentable, de un diluvio poco amable y ajeno a toda hospitalidad: el lado bueno, no fue mi casa la víctima de las aguas despiadadas, que hubiesen hecho de mis libros una lágrima de papel;  el malo , sí fue mi covacha la inocente víctima de un terremoto cuyas consecuencias perduran hasta hoy. Albañil va, plomero viene, parquetista aparece, desaparece y vuelve a aparecer cual David Copperfield, la cosa es que poder volver a pisar firme en mi cucha se hizo largo, tanto como para que yo valorase algo que nunca pensé atesorar de  modo desmesurado, poder caminar por mi casa sin tener que hacer ningún salto en largo, sin ninguna proeza atlética.
Los libros, para acá y para allá. Unos libros que tienen tantas mudanzas como yo, y que no son pocas, están ahora vacacionando en el placard. Y no, no es esta la primera vez que los pobres (ahora del colonialismo a la marginalidad, valga lo perplejo del asunto) me han acompañado en esto de ser la traumática inquilina de los espacios que han tenido el coraje de darme asilo. No. Recuerdo aquel fatídico 2006, un gitaneo constante por numerosos barrios de esta maldita ciudad y del Sur del Gran Buenos Aires, origen y destino, la odisea fue algo así como un juego de la oca para zonzos, con las siguientes paradas: Quilmes, Balvanera, San Cristóbal, Once, Quilmes. Una ruina circular de regreso a casa de mis padres con el rabo entre las patas, un perro que juega a morderse la cola, el viaje de mi suelo hacia dónde no, hacia dónde nunca, la paradoja de volver por un poco de paz hacia el lugar que había dejado atrás por exceso de guerra. Quizá tomarme el 129 me salía más barato y ahorraba unos cuantos pesos de flete y angustia. Lo extraño es que en todo ese recorrido desquiciante la calma se hizo en el seno del hospicio parental, paradójicamente todo aconteció con armonía durante el par de meses que permanecí junto a mis dioses lares en una esquina de Bernal. Quizá fue necesario volver con la frente marchita, para irme en paz, reconciliada con mi historia, con mi árbol sanguíneo, en la balsa que me rescató de mi naufragio y me llevó a otra orilla de mi independencia.  Y no voy a recordar las peripecias al vacío en que incurrí tras cada estación.  Puedo resumir los hechos en una pérdida de doble filo cuyo cómo no voy a detallar en este momento: mi Primeras letras de Octavio Paz y la obra completa de Borges que llevaba conmigo desde mis trece años se fueron en el intento. Las cosas se pierden en las mudanzas dice, con acierto, Perlongher. Esas fueron básicamente las dos puñaladas, las dos nostalgias concretas que hoy conservo de mi (momentánea, esporádica, sanadora) vuelta a Ítaca. Hubo otras también, inmateriales, intangibles, que están grabadas en mi memoria ad aeternitas. Así es que como Telémaco, volví, y Penélope y Odiseo me esperaban en casa para cebarme unos mates, contarme el cuento que no me contaron cuando niña y callar con la mirada el racconto de cada no y cada nunca de mi viaje equivocado en busca de un hogar cuya fachada decía ‘casa’ con letras luminosas y terminó siendo un orfanato andrajoso en el rincón más olvidado del universo. Sin embargo hay algo de todo eso que se traduce en una única firmeza que me reservo para mi fuero más íntimo, quizás uno de esos engaña-pichangas para tontos que colecciono con devoción.
Y volviendo al presente, mis libros que han habitado y deshabitado los sitios más inhóspitos en que unas páginas encuadernadas puedan internarse a hibernar, hoy, después de mucho camino al andar, están otra vez, en un estado de latencia, en el vilo del azar que no sabe, que juega a imaginar. Y allí van a seguir por un tiempo, porque no estoy dispuesta a seguir encontrando esos significados ocultos, esas otras historias que ellos ni siquiera sospechan que llevan consigo, porque un libro cae y adentro hay un boleto a Córdoba, un pétalo envejecido o el ticket que nos llevó a la comunión colectiva de un Manu Chao, un Bunbury o un Charly subacuático, tal vez a una victoria racinguista de museo. Porque otro libro cae justo en la página que el subrayado indica otro no en mi biografía. Porque detrás de él caen otros y otros que uno recordaba tan distintos. Es como si con el tiempo esas historias adentro de esos libros fueran cambiando de color, de paisajes, de idea. Y a cuento de todo esto recuerdo ahora que hace días nomás, viendo con mis alumnos de primer año La historia sin fin II, a la que me resistí por décadas por el mero hecho del II como cierre del título, el viejo Koreander advierte al pequeño quijote que  es Bastian sobre el incomparable peligro de leer un libro otra vez. Dice Sabina en un tema que no debiéramos volver al lugar en que hemos sido felices. Por eso entonces este dolerme en mis libros, en verlos, en mirarlos, en sentir todo eso que no dicen en palabras y gritan en un idioma incomprensible, por eso acaso estén ahora confinados al placard en el que también duerme mi miedo, porque hasta el aroma y el color de las páginas relatan en subjuntivo. También porque quizás en uno, dos, tres meses o un año yo me vaya de esta esquina de Boedo a otra nueva quién sabe adónde, quién sabe a qué ciudad o a qué país ahora que me enamoré de una isla que parece irreal donde todo es poesía. De sueños vive el hombre, dicen. Por eso no quiero volver a ordenar y reordenar mis libros, porque dicen cosas que todavía no quiero oír (porque no creo en el orden, mi fe pasa por otras aristas que siempre resultan inasibles). Porque debo pensar bien antes de elegir qué lugar va a ser mi casa. Y porque el lenguaje que fue casa hoy es un exilio más.              
Mientras tanto, los anaqueles, esperan vacíos otro viaje de vuelta. Mi bioteca y mi librografía también.  Casateniente no es una palabra posible en el diccionario de mis días, en el de mis letras. Entonces, en la espera, en su trasbordo, siempre irremediable, mis libros, los cuentos que la madre Literatura me cuenta,  tal vez aprendan, en compañía de mis trapos, a hacerme de vestido o de abrigo en mi eterno inquilinato, en mi interminable bitácora del destierro.

martes, 10 de abril de 2012

queja número 5

10 de abril

Queja sobre lo que los nombres no traen: sobre la ausencia o el exceso de lo nombrado

I Manos que tejen olvidos

En los orígenes de un costado de mi historia está Julia.
Julia tejedora, Julia obrera, Julia madre y abuela, Julia más tarde rodeada de bisnietos, Julia chinchuda, a veces malhablada, Julia cocinando para un batallón, o dos, porque a sus dos hijos se les dio por darle cuatro nietos. Julia cosiendo las prendas de nuestros primeros días de la infancia, de lo que siguió. Julia tanto, cuidándonos del frío con abrigos a rayas, bufandas simpaticonas y gorras al crochet. Julia en la feria cada martes, donde encuentra las bagatelas más exquisitas de la historia del barrio, donde camina a paso lento y con los mil ojos de Argos para encontrar ese oropel que la adecuación del ánimo mercader  va a sortear entre sus nietos. Julia ternura. Julia rumiante de gestas de silencio. Julia meciendo la tarde al son de los tejidos y los paños  que en sus manos entraman historias de color para nosotros, Julia que, a medida que nos teje un mundo de fantasía, hila y cose sus pesares, se detiene en el blanquinegro destino de sus días sin medio por qué, sin preguntas en voz alta para lo que no entiende. Y, cuando termina sus tareas, Julia arruga los pliegues de papeles de nombres que la llaman de otro tiempo, de otro mundo. Julia inventa o recrea lo que no es, Julia hace como si, y  el olvido se lo lleva todo, o, al menos, construye imágenes de vendavales que arrasan incesantemente con ese retazo de género en el que se configuró su presente, un presente largo, estirado, repitiéndose: la mitad de una vida. Así,  Julia como si nada todo el tiempo. Julia desmemoriada, escondiéndole la pena a la memoria, guardándose entre manos los secretos escondidos en ovillos y lienzos con que nos vistió desde el primer grito, Julia agazapada en las recetas infalibles que alimentaron nuestras carreras de pequeños gigantes de buen comer. Porque si hay una virtud en esta mujer son los quehaceres culinarios de dónde seguro proviene nuestro buen diente. 
Julia así siempre, atareada en sus mil manos para otros, salvo, que en un rapto impulsivo y descuidado uno, como sin darse cuenta, pregunte y ella, Julia río de rocas, reciba en lo hondo y lejano de su mirada la brisa húmeda que no sabe esconder la tímida lluvia que se aproxima y no sabe empezar.     

II Cae la tarde en las manos de Julia

Julia escribe, en una hoja cualquiera y anárquica como las coordenadas en las que se encuentra, donde sea y desde siempre, escribe. Siempre es un presente eterno: el suyo. No importa mucho sobre qué estilo de pliegues, el papel puede ser cualquiera: de alfajor, harina,  una servilleta, el margen de algún diario, una revista que el tiempo transforma de lectura o espectáculo en azares diversos. Y entonces ese obsceno retazo de cuerpos o mansiones al que la clase media se dedica como pasatiempo con ahínco y ganas de se transforma en los azares de mi abuela tejedora, mi abuela hilandera, y los colores pasan a ser el paisaje de su canto silente. Lo mismo ocurre con el blanquinegro sensacionalismo de Crónica. Quizá Julia se reserve esos retazos de restos de diario para las tragedias que ella anima en el cóctel del pasado y sus invenciones.
 Julia escribe. Por  las tardes, porque sí, cuando espera que el sol y el día caigan. Hay una mecedora en el living de su casa que quisiera acunarla de tanto espacio vacío. Hay también una soledad plagada de imágenes de nietos por acá y por allá. A Julia, por la tarde, la acompañan las voces de la radio o la televisión y esos mates largos que se hacen cortos los sábados por la mañana cuando vamos a visitarla.
 Julia escribe nombres que tienen en su pensamiento gestos, muecas, sonrisas, lunares, hoyuelos, imperfecciones, movimientos, detalles. Julia escribe y en lo que escribe hay un exceso o una falta: Nombres con profundidades imposibles de nombrar en el nombre que las evoca. Julia escribe en sepia sin pausa, parsimónica y sin prisa: su árbol genealógico se desliza por los papeles que le sobran a la casa o al mundo, la botánica de sus raíces y sus vástagos recorre escenas de esa vida que es una y otra, distante pero suya pese a los asaltos del tiempo y sus secuaces. Y sus historias transforman el papel en el que escribe y todo es un pergamino antiguo y amarillento que no vamos a poder descifrar, azafrán de palabras que se guardan bajo llave, una llave que Julia se tragó hace años, años que suman décadas que vuelan al viento como ese polvo que uno ve en los rayos del sol, inasible, siempre en movimiento perenne, ínfimo.
La abuela Julia enumera nombres propios, apellidos, apodos, cataloga las ramas del antes y el después y dice cuando calla (porque Julia por lo general dice en silencio, su voz se alza sólo para formalidades, cortesía o, muy de vez en cuando, en sentencias que se marcan a fuego en la conducta humana del que las escucha[i]). Y su decir escribe Juan, Pepa, Rosa, Anita, Antonio para hilvanar las ocho letras de la palabra hermanos y en ese acto de traerlos al presente el nombre nos escatima los detalles que no pronuncia en alto; su mano muda balbucea en tinta Cristina para no decir ‘santa’ o ‘madre’, que para ella vienen a ser sinónimos idénticos, gemelos; o refunfuña Cataldo para construir una torre alta y aislada que sólo ostenta la hostilidad de las distancias, un padre equivocado, impiadoso, perdido en algún vicio devenido quizá de alguna ausencia, un viudo joven con sus hijos a cuestas.  Escribe sobre papeles no tan  blancos que encuentra por ahí, sobre el papel que envolvió los menesteres del hogar que vinieron del almacén de la esquina o de la feria de los martes; sobre papeles de color que envejecen en revistas del corazón que Julia lee para no ver unas sombras que recorren los ambientes de su casa cuando ni los nietos ni los hijos están de visita y sólo sus fotografías la acompañan en risas de papel, cuando el trabajo se toma su descanso y es ocio de palabras que se cruzan imaginando finales. Las historias de Julia no necesitan demasiadas palabras, los nombres propios pueden hacer de su tiempo cuentos que deforma, estira, aplasta, controla y expande o extirpa, el alimento que Julia rumia en el crimen que cometen sus manos cada tarde, en un crimen que le perdonamos porque somos parte de su botánica, tenemos de ella demasiado, y en su bestiario vegetal hay castigos que exceden nuestra comprensión, que vienen quizá de eras tan lejanas como inexistentes. Julia emplea su tiempo en escribir novelas que sólo ella entiende, que están cifradas en esos papeles de nadie, que algún día, con algo de suerte, alguien podrá desmadejar para compartir con otros, porque el crimen de Julia no es volcar los nombres, revivirlos, sino guardar en su lenguaje de listas las palabras que nos esconde, palabras que no conjugan ningún ‘hubiese’ porque recrean las cosas en el mismo sentido de los deseos, esos deseos que quizá no fueron pero que en algún costado de Julia van apilando los ladrillos de su historia paralela. El pequeño acto de las tardes de Julia no sabe que el viejo Cataldo no quiso que ella terminase la escuela pese al afán de las maestras de su hija por convencerlo, ni que Julia va a seguir repitiendo hasta el cansancio, hasta hoy, lo mucho que le hubiese gustado estudiar, que ella era buena, que tenía pasta, pero que en aquella época las cosas no eran fáciles en una familia humilde y menos siendo mujer. Su caligrafía de la tarde tampoco va a registrar el día en que dejó a su marido y se fue con sus hijos a otros pagos, de prestado primero, hasta que pudo alquilar algo con el modesto salario que le reportaban sus incontables horas de trabajo. Menos va a detenerse en los motivos de ese abandono forzado, que se vio obligada a decidir, cuya versión de los hechos se origina en las malas costumbres del don con quien había contraído un matrimonio hasta que la muerte los separe. No, las historias de Julia no caen en esos lugares para débiles, no los necesitan, para qué si sus dos hijos son un orgullo incesante, dos ejemplos de esfuerzo, trabajo, logros y dedicación, un padre y una madre que no hacen sino lo que corresponde con la corrección y la buena letra de dos mejores alumnos que se llevan el mundo a cuestas a pesar de la adversidad que les deparó el destino y su juego de azar. Para qué lamentarse, si en los nietos se puede subrayar exclusivamente un horizonte que se abraza, si en esa tierra del Nunca Jamás en la que los coloca no hay dolor, fracaso ni disconformidad.  Todo es color de rosa, y si no, lo pintamos. Y ya...
(Imposible descifrar el significado de esas letanías de nombres y apellidos, los mismos dos, tres, cuatro nombres que hoy hacen un cuento breve y fantástico, mañana quizás escriban una tragedia griega, que de algún modo va a tocar de lejos a la familia,  o una pieza del teatro del absurdo, siempre de otros. Así de sueltos andan los puentes entre nombre y nombre que sólo la criptógrafa que los crea los entiende, son el lenguaje de una sola persona, ergo, incomunicable, sospechoso.)
 Julia se entretiene con eso, sostiene el tiempo de los años en esas palabras que escribe para no dejar ir el pasado y encapsularlo de a ratos en el azar de esos papeles que van y vienen por la casa sin saber muy bien ni desde ni hacia dónde. Y así como encierra el pasado juega también a imbricarlo al suelo de la casa que pasea con esos patines de fieltro que tanto nos gustan, que tanto nos gustaban. El suelo de ese fieltro es instantáneo como el presente, brilla,  y no  nota la senda de unos ojos que caminan lento, como una hormiga que viaja laboriosa los lastres avaros de sus días, y en la casa hay sombra, una sombra amplia y constante, tenaz, que ni la risa de los nietos deja ir. Hay un aroma, un olor propio de esas historias que se callan en las letras de los nombres. Hay algo de resto en esa caligrafía perfecta y dedicada con la que Julia ensombrece el silencio para atarlo al papel, hay algo de brote mutilado en ese árbol que oscila entre lo ancestral y lo promisorio de la sangre, porque, a veces, muchas, Julia también escribe Leonardo David, Claudia Analía, Viviana Lorena, Carlos Roberto, Juan Pablo, Diego Gabriel, Damián Martín, Gabriel Federico, al lado de Juan José y Carmen Alicia, los prolíficos y cuatriplicados por igual hijos de Julia, a la perfección le gustan las simetrías, no sea cosa que el piso encerado se empiece a marcar con los pasos equivocados.
Los nombres van a arreciar como una marea cruenta cuando llegue la apócrifa alegría de la jubilación primero, y el fin obligado del trabajo que siguió haciendo, más tarde cuando el cuerpo y los tropezones le digan basta a las ganas de seguir.
Y más tarde, cuando ya haya bisnietos, Julia no va a saber, no se va a acordar, no va a poder escribir Haizea, Heico, Ione ni Yume, los nombres vascos que Viviana Lorena eligió para su prole, y sí va a saber escribir León Ernesto cuando nazca su anteúltimo bisnieto, hijo de Juan Pablo, pero ya no va a tener ganas ni de escribir ni de muchas otras cosas, ni hablar de cuando nazca Luci, la hija de Dami, tan chiquita ella, con gramos apenas, seismesina, destinada a unos días que harán meses que van a parecer años, siglos luz para sus padres que van a esperar el abrazo que fue imposible a la hora de nacer porque la fragilidad de la vida a veces nos invita a estar lejos, porque la ciencia hace cosas raras y Luci va a nacer diminuta pero, el tiempo va a agregar más tarde, también fuerte. Cuando Luci nazca Julia ni siquiera va a vivir en esa casa que fue suya todas las edades de su sol desde que la puerta de su felicidad se cerró a su biografía que empezó a tejer la de otros. Si vivir sola y tranquila fue una elección después de e implicó la necesidad de negar varias veces otras opciones, hoy es un imposible y la independencia de toda una vida pierde su prefijo porque el cuerpo delata sus posibilidades y caer es fácil y no poder levantarse un encierro inevitable. 

III Anochece en tus manos de alba
un viento débil
lleno de rostros doblados
que recorto en forma de objetos que amar
Alejandra Pizarnik
 
Julia tiene 82 años y anda cansada. Cansada de tanto. Y tanto no es identificable con una lista que pueda ser pronunciada. Como esos gestos que nadan la marea de los nombres que Julia escribe, esos mismos nombres que callan todo lo que tienen para decir, esos que no saben explicar la carrera del tiempo en la frente de un hijo, la panza de una nieta invadida por las enredaderas de la dicha, la lágrima de una hija que pierde a la suya en el exilio y comienza a reconstruirla a lo lejos en la añoranza, la locura de unos nietos perdidos en el limbo del que se cayeron al fugarse de espanto el orden y dios, la voz arrugada de trasnoches del nieto desquicio, el nieto caos, la pena del nieto abandonado por su primera novia, el sí de uno de los menores frente al altar en el que se confirman los votos de una promesa en la que cree tan fuerte que es imposible que resulte de otro modo, la dicha del primer poema de la nieta soledad, nieta miedo.
Y sin palabras en voz alta, sólo con nombres, ya sin letras, Julia se mece y sigue tejiendo esos entremeses de azar que son las vidas de los suyos, como en un rito pagano Julia los nombra en oraciones cortas para darles vida, para reforzar la sangre y acercarlos, Julia colecciona en algún cofre inmaterial esos ecos de palabras que enmarcaban los márgenes de las noticias que a nadie le importan, y Julia, sin haber vivido esos vericuetos, en su inmensa sospechosa soledad que empieza allá lejos y en la juventud de un divorcio transgresor (inconcebible)para la época, Julia, sin ser sus hijos, sin ser sus nietos, ni los primeros pasos de los hijos de los nietos, es un poco todos ellos, porque sigue devorando sus nombres como a personajes de ficción que alimentan sólo a lectores voraces, porque lo que no es a veces se alcanza en la lectura, en su demora y porque siempre se puede elucubrar el orgullo en los logros ajenos, cuando en lo ajeno hay algo que nos explica y contiene, aunque a veces el logro, el nuestro que otros comparten, sea salir del fracaso y en los trabajos de una rueca incansable empezar otra vez.


[i] Mi prima y yo podemos dar fe de eso que quizá pueda pasar de ser una leitmotif que oscila entre la virtud y la condena. Entonces tener palabra puede transformarse en los clavos de la cruz del que pronuncia, o lo bueno y loable de ganarse las cosas que uno tiene en una atadura al compromiso ciego con la autosuficiencia. 

sábado, 25 de febrero de 2012

queja número 4

Queja sobre la pobreza de los nombres

Los diarios, la literatura, mis casas

   Del tiempo que trabajé en ‘Luna’, uno de los puestos de diarios que habita inamovible una de las esquinas de Parque Patricios, me quedan retazos de biografías que guardo como los capítulos de historias que invaden mi biblioteca. De ese tiempo permanece en movimiento la marea que va y viene de esa esquina a la de mi casa, ya que por algún motivo concerniente a las veleidades de mi hado, desde que llegué a estos pagos con el fin de ganarme la vida no volví (no pude o no quise) a irme. Las calles del barrio se transformaron en el paisaje que por un tiempo extenso y llano di en llamar casa, título que quizás esté viajando hacia otros paraderos todavía desconocidos, paraderos que habitan lo posible en forma de calma y lejanía.

Víctor

No se sale. No se vuelve. Sólo se está.
Dentro. Dentro aún. Quieto.
Todo de antes. Nada más jamás.
 Jamás probar. Jamás fracasar.
Da igual. Prueba otra vez. 
Fracasa otra vez. Fracasa mejor.
Beckett

   De ese tiempo ya legendario, pese al correr objetivo de los días que no es tanto, se acercan personajes que reviven cada vez que me acerco a ‘Luna’ y el azar decide presentarse en la cruz que su camino y el mío dibujen en el espacio del barrio.
Así, las más de las veces que visito a mi hermano en el puesto, me encuentro con Víctor, un hombrecito de pasos lentos y frágiles, con una mirada llameante de perpetuos socorros, y el peso de lo perdido en las espaldas, un peso colosal nacido de evocar unos años que tampoco eran tan suyos y que, sin embargo, le hacen eco en la memoria para decirle con insistencia ‘perdiste’, ‘tuviste’, ‘no supiste’, en fin, cosas por el estilo. Y él, sin saber cómo escaparle a esas voces, se entrega a los elíxires bebibles que atenúan el recuerdo, los años prósperos de un trabajo estable y sin mucho margen para la incertidumbre. Víctor que hoy, a sus cuarenta y tantos que no aparenta, vive en la pensión que queda en la misma esquina que el puesto de diarios donde se desempeña como changarín, trabajaba para una megaempresa telefónica, sin haber terminado el secundario, tenía un cargo cuyo sueldo le permitía vivir holgadamente, sin mayores complicaciones o, al menos, sin aquellas que nacen de la necesidad económica. Todo fue bien y en orden hasta que un día, los años noventa hicieron de Víctor un desocupado más. Entonces, indemnizado como corresponde, se retiró de su oficina sin decir mu, silbando bajo. La cosa podía remontarse, pero al hecho de ser parte vital del índice de desempleo, se sumó que su pareja, que vivía con él, y su mejor amigo, que estaba pasando unos días en su departamento, confesaron estar enamorados y empezando una relación que habían estado queriendo evitar por todos los medios, la cosa es así, dijeron, hay fuegos difíciles, imposibles de apagar, cual en el culebrón de las tres de la tarde, y en su intento, como era de esperar, no lo lograron, pese a los esfuerzos desmesurados por lograr el escape de la situación tal que los ubicaría de por vida en el banquillos de los acusados por hijos de puta. Y empezó la nueva vida de Víctor que llega hasta hoy, dilapidados los billetes de los años asegurados al orden y su no- daño. Y llega a paso lento, a rastras de una gran pregunta sin respuesta, una pregunta por los orígenes del desatino de la suerte, una pregunta que comenzó con el trabajo que se fue, que se fugó con años de amistad, con las ganas de creer que se puede crecer al lado de alguien y un día, quizá, tal vez, llegar a conformar eso que llaman familia. Pero no, la suerte de Víctor no caminó de la mano de su nombre, muy por el contrario hizo de su reflejo una sombra grande y plagada de los reproches del contraste entre al antes y el después de. Y cada vez que Víctor y yo nos cruzamos, por lo general, en la esquina de Caseros y Luna, cada vez que paso por ahí y lo veo atardeciendo una soledad pesada, de tiempos que horadan los años propios en un regalo para nadie, para lo que se va sin demasiados sentidos, me pregunto cuántos hombres, cuántas mujeres, son capaces de levantarse entre las ruinas de todo lo perdido. Y no sé responderme. Y busco en mi pasado gestos de otros que sí, de tantos que no, de algunos que a medias, de otros que ni. Y me hundo en una pena ajena o le escapo según el tesón del día. Porque esos fantasmas que hicieron de Víctor una tristeza andante, una tristeza que a veces fabula con irse lejos, con empezar otra vez, con creer de a poco y cada vez más, son también míos y de muchos. Porque entonces cruzarme con Víctor me asusta los días de invierno, y le tiende una mano los días de verano, y entonces charlamos; y la sola charla que puede ser sobre la misma nada, sobre ese peso que yo le digo no es tanto, sobre los dioses de La Academia y la tabla de posiciones, sobre mi hermano, al que visito en ‘Luna’, y con quien tenemos, Víctor y yo, algo en común, algo sin nombre y denso como una condena heredada cuya existencia, sutil, determinante, es la de la mirada que cree más allá de sus buenas voluntades en lo que no entiende, la sola charla sobre lo que sea hace que él y yo sigamos cada uno su camino con otro gesto en el rostro, porque a Víctor, cuando puede, le gusta hablar, le gusta echar al orbe de los hombres los andrajos de esas sombras que adentro laceran y que, cuando salen, alivian un poco el plomo de los días, y a mí me gusta pensar a Víctor lejos, en la playa, habiendo abandonado la pensión y las noches largas que se traducen en días sin alba, sin mañanas, o en mañanas sedientas que piden aguas bautismales que no existen, me gusta imaginarlo con fuerza en esas ganas que se le acercan para volver a empezar y que él todavía escucha como a voces de otro mundo. Y con esas errancias en el pensamiento Víctor y yo nos despedimos. Y algo de bueno debe haber en esa cruz que el tiempo marcó y sigue marcando en la esquina de Caseros y Luna, algo de guerra y de satélite, para que la nada misma, como un viento que pasa, alivia y no avisa, cada tanto nos aliente.

domingo, 4 de septiembre de 2011

queja número 3


4 de septiembre. discrepancias. de sueños, lecturas y otras yerbas.

(esta  queja ocurre porque otras de mayor relevancia y urgencia se ven impelidas a la duda entre la idea y la letra, al conflicto siempre extenuando y agotador de decidir)

I

un hombre cae a un cubo de hielo. se le congelan las piernas. convaleciendo muere. me acerco para avisarle que nadie muere de frío. triste como nunca, resucita.

II

yo era una especie ajena, mi cráneo era de un cristal como el que de mi ventana el granizo atravesó hace días, en el mes del fuego y los altares del yo. en mi sueño alguien arrojaba piedras que no eran granizo al nido de mis pensamientos. yo moría. pero sólo del modo extraño en el que se sigue siendo.

III

la farolera amó a un coronel pétreo y exánime, inexistente. la pobre no veía bien y era demasiado pobre como para remediar el asunto de sus ojos. así y todo, aprendió la lección el día del abrazo de piedra.

el príncipe que lo tenía todo no quería que lo quisieran por tenerlo todo. dejó la realeza y partió lejos de casa. tuvo menos, pero siguió teniendo. lo quisieron por su dinero, por su prestancia y buenos modales, por su oratoria, por su nombre, por su belleza. y cada vez que lo quisieron abandonó el motivo de su amor: del amor ajeno que era suyo. y cuando no era nada ni nadie volvió a enamorar, cuando sólo era el vagabundo de la falta de méritos, una mujer hermosa lo amó y se lo dijo. y en el momento exacta, precisamente previo a la seguridad de haber encontrado, la mirada de ella delató su lástima. y colorín colorado, el príncipe mendigo se ha asolado por los siglos de los siglos, amén.
     
quizás un día la farolera y el príncipe que lo dejó todo, o el muerto de frío y cabecita frágil, se hayan encontrado para contarse el secreto y lo obvio de sus vidas. ese día tiene dos finales. elige tu propia aventura.-  

lunes, 15 de agosto de 2011

libro de quejas

13 de agosto. El viernes de carroza a calabaza


El enólogo, sin sospechar el estado de la cosa, mandó la invitación, intuyendo, quizá, el aire de la marea. Refieren la historia en Constitución o San Cristóbal. La cita era después de la jornada laboral del día para enamorarse, después de ese cúmulo de batallas semanales que conforman el lunes azul, el gris del medio y el jueves que mira las paredes y cree que no le importás.

La mujer del enólogo había sido mi amiga durante años, habíamos pasado los días oscuros una en compañía de la otra. Más tarde supimos rendirnos a la risa. Y allá nos quedamos.

El día había sido oscuro a mediodía, un enojo de granizos había arrasado la ciudad, destruido cristales, llevado a los niños al abrigo en brazos de sus madres. Un chaparrón fue tormenta. Y todos sabemos lo que pasa cuando la naturaleza se transforma.

Las palabras no saben alcanzar los actos. Y en ese funesto secreto residen los misterios y milagros de los hombres. Hay verdades que vencen pese a los esfuerzos humanos por contradecirlas.

La cita, como decía, era después del trabajo de todos. Las intenciones, el deseo: la buena comida, los buenos vinos, la amistad. Paseámonos por los retazos de biografía que el azar eligió, por ramas de genealogía que como sin darse cuenta ahí estaban, entre nosotros, por amores mutuos y versos ajenos. No faltó tampoco el tema más antiguo de la historia de los hombres. Y así, risa va, risa viene, la marea se disipó en otra noche más al son de lo absurdo de este mundo, lo preocupante se vio ultrajado de su disfraz y la orilla se descubrió de un golpe suelta y a los vientos, como si otra, otra que ya no recordaba, hubiese sido la vestida de sal y vendaval.   

No recuerdo a qué hora regresé a casa. El sábado comenzaba a esperar…

viernes, 12 de agosto de 2011

no hay parecido con la realidad. croniquitas de lo inevitable.-


Libro de quejas

12 de agosto. Queja inaugural.

El cuerpo despierta de vez en cuando a la mente a horas inhóspitas de la noche. Y lo hace por diversos motivos. Uno de ellos es la incontinencia sugerida o apócrifa, ésta puede presentarse de distintas maneras dependiendo del pasado casi inmediato del durmiente y su íntima relación con el placer en cualquiera de sus variantes. Así el fin del sueño o la pesadilla podrían continuar de pronto en el baño, si uno llega; creo, no hará falta entrar en detalles sobre los orígenes y destinos de estas situaciones cuyos resultados son por lo general de un impacto visual sin parangón. De todos modos, el arribo, potencial o cierto al retrete, dependerá de la rauda lectura de la llamada del cuerpo y tendrá un correlato, que, lejos de ser una apariencia cual el fuego de algún soñador-soñado frustrado por su realidad mentirosa, hará las veces de retorno a lo cierto si uno es propenso a inmiscuirse en lo inexistente, imposible, imaginario o como quiera llamársele a la cosa: algunas concreciones (excreciones, para el caso) señalan con crudeza lo real, o, al menos, lo cierto. Una verdadera maravilla estas advertencias que irrumpen la narrativa nocturna mediante las ganas de, cuya amplitud no se limita a despedir sustancias del córpore sano sino también, en ocasiones, a pedir, sed mediante, agua para la limpieza de los ríos que lo recorren, por ejemplo. Imagino no hay quien no tenga un prolífico anecdotario sobre estas cuestiones. Entre todas las variantes de irrupción de la labor que sucede en la fábrica de historias del nono, este primer caso es dentro de todo, según mi humilde percepción y evaluación de los resultados, el menos dañino para, mmm, ¿el alma[1]?

Porque ocurre lo siguiente. Uno puede ser expulsado del otro mundo, el no siempre tan acogedor del sueño, por motivos emparentados con la enfermedad, término complejo cuyo alcance puede desbordar a cualquiera. Y la cosas es, puede ser así, este caso cuenta entre sus  expresiones: ataques de tos, picazón a ultranza y sin respiro por los rincones jamás sospechados del organismo, punzadas, calambres, palpitaciones, estornudos, agua a rolete en la nariz, sangrado de la misma o, lo que es peor, adormecimiento de nuestras piezas vitales, que, paradójica, vilmente, despierta a nuestro, hasta en ese instante, descansante seso. Los citados índices patológicos poseen a su vez al rey de los ejemplos, al súmmum de la incomodidad y el transtorno. Los casos mencionados pueden ocurrir no a causa de un mal del cuerpo, no en consonancia con una sintomática cuya evolución se explica a través de la auscultación del paciente que los portavoces del saber médico pueden no explicar, menos comprender y tampoco apenas, de refilón rozar el posible encuentro de pie con bola. No. Estos avisos, pareciese, pueden acaecer y participar de la trama de este mundo, de la escritura de nuestras biografías,  simplemente porque sí, porque se les antoja, o porque alguna moción de nuestra caja negra, nuestro jardín de atrás, o rollo y ratón de lo ininteligible, así lo han dispuesto. Porque cuando los sabios no saben inventan la hipocondría[2], las alergias atópicas, el asma nervioso o ¡¡¡¡los transtornos del sueño!!!! Entonces, ¿divídese la enfermedad, ¿como todo en la vida??, en explicable e incoherente, irredenta y fuera de lugar???? No sabrán decirnos, los epígonos del saber específico y archi-ultra-mega- híper especializado de las ciencias de la salud qué corno está pasándonos. Y es grave la cosa cuando, de seguro, en minutos nada más, habrá un custodio encargado de las dolencias e imperfecciones del tercer metatarso del pie izquierdo, especializado en su área, en la Harvard University. Es peor, teniendo en cuenta que el fulano tiene además un colega erudito en cuestiones atinentes al tercer metatarso de la planta derecha del humano, cuya cuna formadora será desde los albores de la especialidad la University of California, que le otorgase su máster metatarsiano diestro de tercer orden. Como decía, antes de evadirme en cuestiones mínimo generales, no van a saber decirnos estos sabios de lo pequeño al servicio de la humanidad, su salud y bienestar, por qué hay manifestaciones del cuerpo sin razón, locuciones del armado en el que viaja nuestra cabecita loca que sin el cuerpo no es nada, en que ella y él se disocian y hacen de nosotros el pobre idiota del cuento de Shakespeare en el que todo el ruido, todas las nueces y toda la nada no hallan significado, significación, ni coche para la mar. Entonces, para concluir[3] esta queja, para deshacerme de la diatriba que quién sabe qué orígenes cosmogónicos tendrá en medio del caos sideral, el cielo gris, la lluvia y sus etcéteras, para ir terminando este lamento que, una vez expulsado de mi im-paciente cuerpecillo, será un peso menos en la mochila del lastre de mi vehículo personal, quiero blasfemar contra la triste condición de estos señores que cuando no saben mandan gato por liebre, nos derivan a otro especialista, de otra especialidad afín, cercana a la anterior, para que vuelva a derivar-nos, y así ad infinitum y más allá del uso de la poca razón que tenemos los que no creemos en ella. O, cuando no, cuando se les ocurre que pueden salirse del protocolo nos dicen, sin remedio: ‘esto es así, porque sí, está todo en tu cabeza, nena. Autocontrol, au-to-con-trol’ y el ‘nena’ retumba y se expande como una onda lanzada a lo desmesurado, a lo increíble que ensancha la incredulidad, la pena y el absurdo al son del segundo y pausado au-to-con-trol. A veces, sí, nos mandan al psicólogo, al psiquiatra, si la calva de los cables es harto visible, entonces qué hacemos si ya vamos al psicólogo hace cuánto; otras, si se trata de un escéptico exacerbado, estos son los más propensos al reconocimiento de los límites de su área del saber, ni siquiera nos lo sugieren y nos recomiendan desde su extrema sinceridad o a una curandera, ‘a vos te hicieron algo, nena, que las hay, las hay’, como última opción, o a la introspección que no encontramos desde que nacimos y tampoco vamos a encontrar ahora cuando el cuerpo expulsó del sueño a su porción de ser que anda y anda entre lenguajes extraños e imágenes venidas de dónde.

Todo esto viene a cuento de mi último mal. Hoy me desperté de madrugada. No porque mi celular croase a medianoche, momento predilecto de mi ex para despertarme con excusas de índoles una más creativa que la otra. No porque el mismo aparatejo se animase a un bip de madrugada (sí, tengo un sueño por lo general liviano y la mala costumbre de no silenciar al maldito por la noche ya que hace de celular y de despertador a la vez) para avisarme que si hoy recargo duplico o que me gané (en ese tiempo y ese modo, nunca en condicional) un cero kilómetro por pagar mis facturas a tiempo sin aclararme que para adquirir mi premio debo comprar esa netbook que está de oferta a ni más ni menos que mil míseros euros, no. Tampoco porque el hombre de mis sueños, ebrio él,  me confiesa su profundo amor y su imposibilidad imposible imposibilísima de estar conmigo porque no puede evitar… mmmm ¿sangrar?, todo de un tirón, y ¡a la vez! Nada de eso pasó hoy para invadir el hermoso sueño con el que me entretenía, como en la butaca de un cine antiguo y extraño, cuando un tipo metía sus piernas en  un cubo frigorífico donde se le partían en mil briznas de piernas de hombre que lo hacían desfallecer  y darse cuenta de que estaba haciéndolo hasta que yo, que soy fuego en mi sueño,  le digo:- pibe, de frío no se muere. Y así, como si nada, de golpe, el tipo, el friolento, y yo, lenguaje ardiente, no somos más nosotros, nos vamos, y a otra cosa mariposa. Entonces aparecen dos barbudos de túnica con cara de libidinosos,  quizás Aristóteles que despierta a Platón de su mundo y le dice: -che, te duele el codo, andá al médico. Y éste, que no tenía ganas de enterarse de nada concreto, empieza a dudar de su fe, de su religión, de su oficio, se levanta, llama a su obra social, se pide un médico que va a llegar dos horas después y le va a decir:- querido Platón, tenés coditis, tomate una dosis de  ibuprofeno 600 cada seis horas y una de amoxicilina (875 mg[4]) cada seis también durante diez días así barremos la infección. Para el domingo tenés que estar mejor. Si no, nos volvés a llamar, ¿sabés, Platoncito? Y, mientras llena las planillitas, nos pide una firmita por acá, otra por allá, nos pregunta a qué nos dedicamos y nos recomienda reposo, no sea cosa que movernos demore la esperada mejora del cuerpo para volver al ruedo o la jungla de estar al servicio de la comunidad sea como sea, nos dediquemos a lo que nos dediquemos, seamos curas, colchoneros, reyes de basto, dealers, voyeuristas, lúmpenes,  transas o coiffeurs de garçons de la tercera edad. Qué más da. C’ est la vie. Vaffanculo, diría mi abuela, ciñendo la frase en la medida exacta. Y yo, incapaz de otra cosa, me entrego a lo acertado de su frase sin poder recordar qué puto dolor me sacó hoy del sueño.  




[1] Hay cosas que no sé nombrar y uso la palabra que me viene al vuelo.-
[2] Hipocondría: del griego. Dolencia creada por el inconsciente de la víctima con tanta convicción que su simple creencia o fabulación hace del paciente el victimario o culpable de la enfermedad a padecer sin remedio.    
[3] Este término, como bien saben los que me conocen, es algo vago en su aplicación.
[4] ¿Dirá eso la ultrajeroglífica nota prescriptiva de la receta?