jueves, 21 de julio de 2016
cañón
No puedo dar cuenta del momento en que empezamos a ser otras. Ocurrió, como todo lo realmente importante en la vida, por azar: al menos de eso comencé a convencerme hace un tiempo. La primera vez que la voluntad de lo fortuito me encontró con Paz yo todavía no tenía el autoconocimiento necesario como para entender que toda Guerra necesita, como cualquiera de nosotros, a su opuesto complementario de este mundo. Cuando nos reencontramos, años más tarde, y, otra vez, por casualidad, algo nos ensambló e hizo de nosotras un equipo que sabría acostumbrarse a la constancia del viaje. Algo, hablando del origen de nuestra primera persona que es acaso comunión y biografía, podría ser una materia de la carrera de letras, por un lado, y un recital del Indio Solari, por otro. Uno más Uno siempre da tres en este mundo.
Así de simple acontecen las cosas, no hablo de todo lo que habita el tiempo que nos encierra en sus hordas de minutos y segundos, no, hablo de aquello que sabe encontrar la calma y una modesta morada en la memoria.
Todos nuestros avatares del alejamiento nos parecieron pocos y breves. No sé en qué momento decidimos irnos tantas veces como el trabajo, el dinero y los feriados nos lo permitieran. No sé quién impulsaba a quién a ese estado de fuga constante, tal vez nos turnábamos. Lo que sí sé es que de toda nuestra bitácora de viaje hay un fragmento que es también todos los otros y que de él quizás proviene también todo lo que vendrá. En ese viaje las dos estábamos por hache o por be despojándonos de parte constitutiva de lo que habíamos sido. Puede que la encrucijada que nos tendió el destino proviniera de ese doble desarraigo.
El paisaje era árido como pocos, pura roca alrededor y la erosión de los siglos ahuecando el panorama. Se respiraba aquella tarde el ocre rojizo que anunciaba la proximidad de lo bárbaro o lo salvaje. No nos dimos cuenta en qué momento habíamos comenzado a ser perseguidas primero, asediadas, más tarde: la cosa es que un séquito de oficiales venía hacía kilómetros detrás nuestro. Nosotras, sin saber a ciencia cierta por qué, desde nuestra primera percepción de ese otro uniformado en nuestra proximidad, sin pensarlo demasiado, obedecimos instintivamente a nuestra voluntad de huir. Y así lo hicimos. Huimos, como en los sueños, del Otro que con algún motivo que nos era completamente ajeno custodiaba nuestra libertad para atraparla y amordazarla (siempre supimos que a muy poca gente en nuestros pagos le cae bien nuestra risotada de estruendo, tal vez los perseguidores no eran oriundos del lugar sino de nuestra tierra, tal vez en estos pagos todo funciona como en el nuestro, pensamos). Fueron kilómetros de andanza los que ocurrieron desde nuestra primera impresión hasta la confirmación de la misma. Pensamos que podíamos resultar sospechosas para aquellos gringos. Ninguna de las dos hablaba demasiado bien el inglés, de todos modos, tampoco se nos ocurrió preguntar ni aclarar nada. Lo cierto era que estábamos a miles de kilómetros de casa con plena conciencia de ser acosadas por la Ley y sin siquiera el atino de acercarnos a explicar que nosotras no éramos quienes ellos buscaban. Tratamos de comunicarnos con alguien de origen latino en alguna de nuestras paradas, no hubo caso, llamamos a casa, yo a mi hermano, ella a la pequeña Irving, nada. Lo intentamos, juro que intentamos escaparle a ese equívoco generado quién sabe cómo y por qué. Pero todo por algo pasa. Después de … días huyendo pasó lo que tenía que pasar, una docena de vehículos de la CIA nos encrucijó en las alturas del cañón, llenas de polvo y cansancio, nos miramos, con la intensidad de todo el sentido que puede encontrar el silencio. Fueron instantes nada más, los tipos estaban armados, yanquis tenían que ser, miré a Paz desde el side car de nuestro vehículo (a decir verdad, aunque pareciera lo contrario, siempre fue ella la que llevó las riendas) y asentí, y ese parsimonioso movimiento de mi marote fue decisivo, qué digo decisivo, fulminante: Paz en eterna complicidad con mi propia guerra, miró el abismo y apretó el acelerador).
Por ese acantilado de ese país del norte caímos una y mil veces y para siempre. sarah
En la osadía de querer encontrar un
origen, en la de querer ver un punto inicial e imperceptible escondido en mi
Universo venniano, encuentro una escena. Una mujer es acorralada por una
máquina infernal con un propósito exclusivo: ultimar la existencia de la
mujer en cuestión de la faz de la tierra. Esta mujer resulta capaz de
escapársele, primero, a esa máquina enviada desde el año 2029, y
enfrentarla, después, oponérsele, convaleciente de heridas, hasta ser ella,
Sarah, quien dé fin al monstruo mecánico y cibernético. Su único pecado para
toda este infortunio de fugas y lides futuristas es haber enamorado a un hombre
de otra era, haber hecho el amor con el porvenir, antes y después de la carne.
Sin embargo, me veo en la obligación de
ser fiel al relato más que a mi propia nutrición imagínica. La vida de Sarah no
fue siempre a los prosaicos tumbos epopéyicos. Hasta la llegada del cyborg al
año 1984, Sarah lleva un simple transcurrir en el smog cotidiano de
California. Son ella y su circunstancia, con la que todavía no lidia. Pero todo
orden suele terminar, todo organigrama de lo posible tiende a disolverse, y eso
nos fragiliza, nos vuelve humanos, depende de la sensibilidad con que queramos
mecer esa relación cambiante entre nosotros y el orden. Entonces, Sarah lleva
una vida de mesera en Los Ángeles y la ciudad gris que la contiene no sabe
mucho de ella como tampoco de otros, lo mínimo indispensable, a qué índice
estadístico corresponde su perfil, a qué silicio, a nadie le importa. Sarah es una
nadie más en la muchedumbre.
Y un día vienen a buscarla: el futuro y la
máquina asesina.
Sarah no sabe en su vida de nadie lo que
será capaz de hacer.
Entonces sobrevuela la noticia de varias
otras también Sarahs y también Connors que han sido curiosamente asesinadas por
un extraño de proporciones desmedidas, vestido de negro, con atuendos de cuero.
Nadie imagina que el gigante es inhumano. Nadie. Y ella aún sabiéndose nadie
comienza a temer. Y teme. Y sabe que está por ser encontrada. Pero ignora que es
ella Sarah entre todas las Sarahs. Sarah buscada. Motivo de la búsqueda
criminal: su futura maternidad en algún momento, en algún lugar. Sarah ni
siquiera está embarazada cuando todo esto comienza.
Y Sarah no sólo es buscada por el mal. Ya
lo dije. También el futuro envía un emisario portador de la semilla a por ella.
Y el emisario cumple fielmente con su deber: preña a Sarah de futuro. Y esa
preñez es la culpable de que la máquina quiera hallarla y terminar con ella,
con su vida y con la del redentor, con la de la esperanza de los hombres (nadie
habla o aclara si de los hombres en su totalidad, si de los nadies outsiders de
este mundo, si de los toditos, no: eso no se aclara: es Hollywood).
Y entonces Sarita copula con el tiempo que
aún no ha llegado, con Kyle Reese quien todavía no ha nacido. Estamos en 1984 y
Kyle viene de 2029, año en el que se desenvuelve junto al jefe de los rebeldes
en la lucha contra las máquinas (el aún nonato, John Connor). Este compañero
del líder de la resistencia emprende el viaje al origen y al destino a la vez y
en la noche del vientre de Sarah aloja las carcajadas de toda la ironía del
mundo.
Y la máquina la busca. Hasta encontrarla.
Y lo logra. Pero Sarah entonces descubre que hay en ella una fuerza que
desconocía, y no importa si todos la dan por loca, ella continúa y se enfrenta
con esa creación maquinal que la amenaza porque hay otra creación- natural- que
la defiende.
Y en el fragmento que es una suerte de road
movie vuelan motos, patrulleros, camiones, y Sarah, con su poroto entrañadentro,
se salva. Kyle, el loco de Kyle(vengo del futuro a salvarte, vas a ser la
madre de nuestro líder, puede sacudir la capacidad de creer de cualquiera,
pese a que la evidencia esté diciéndonos que no hay más verdad que la realidad,
mi general, y que allá afuera hay un grandote que mete miedo matando a todas
las que se llaman como yo), muere, y le debe su fin al engendro cibernético.
Pero Sarah, con un supremo deseo de
subsistir, no se deja caer, ni doler, y finalmente, derrota al representante
del tirano que son las máquinas conscientes del futuro y Arnold, un humanoide T
800, encuentra, como el contenido de cualquier lata de conservas, su fecha de
vencimiento.
Un breve descanso hacia el día del parto
nos espera, Sarah.
lunes, 4 de julio de 2016
imagen 2
VENUS VICTORIA
Epifanía. Suerte de azules extensos y tierras breves. Secretos detrás del color.
In medias res, ella. Ella sosteniendo el viento con la anchura de su cuerpo, dejándolo ser para refundar la naturaleza artificial que nos muestra el mito. Ella, hija del sacrilegio contra un dios que no por caído pierde el don de su fertilidad, ahí, en su pedestal óseo, marino, donde apenas se posa, como a punto de salir volando.
El azul casi total de ese mundo indómito sería una bestia de útero alumbrado donde ella está por comenzar el abandono de la pureza.
Y el cielo y el mar, antes de ella no eran ellos sino una ficción de desmesura que en su albor, ella sabrá y podrá transmitir en el paseo ventoso de su cabellera azafranada para que en cada onda de ese vuelo se expanda cierta profusión lumínica, una polizona huella solar, viajando hacia el cosmos atardecida e incesantemente atardeciente.-
imagen 1
eva y don quijote.
¿te ataca, te acusa, te protege, quiere defenderse, te señala como ejemplo, te ve como a gigante en medio de la prosa de don miguel?
creo que la única respuesta posible es 'depende', depende de quién esté mirándolos, eva, depende de quién se anime a darle sentido a la imagen, caballero de la triste figura.
yo me animo a adivinar un rescate: la necesidad de dar lucha, la de levantarnos, la de seguir en pie.
el diálogo entre los personajes es para mí interminable. una mujer con pelotas y un hombre sensible, de ahí en adelante...
bases 1
MANIFIESTO
Todos somos la madre de alguien. Querámoslo o no. Las criaturas del abandono andan por acá y por allá pidiendo cobijo. Tal vez somos nosotros mismos los que las creamos con los ojos, tal vez inventamos su fragilidad al tacto de la mirada que quiere acariciarlas, abrigarlas, llevarlas hacia el seno y ser su alimento.
Queramos o no somos madre, aunque nos esforcemos en negarlo. Aunque ante las evidencias prominentes de las caderas y los vientres, ante la innegable anchura de los cuerpos, digamos no, la realidad habrá de ocuparse del necio que todos tenemos dentro, como a un hijo enjaulado que nunca quiso salir. La connivencia es el bastión de las negaciones, la hilera de vértebras en la que se yergue lo apócrifo con su mundo de cartón.
Vinimos al mundo a crear, a ser habitados. Y por ahí andan esos ancianitos en el parque, escondidos en su juego de ajedrez, para que no les notemos los vientres abultados donde el porvenir juega a la escondida con nosotros, o esas adolescentes debajo de sus guardapolvos y sus jumpers, que ignoran soberbiamente la capacidad de parir que hay en sus movimientos y en los cadáveres de las niñas que llevan dentro, y, ni que hablar de ese gato callejero que ahijó más de cien vagabundos, siempre preñado y a punto de dar a luz, toda una vida de pariciones la suya.
Todos somos obligados a ser la madre de alguien. Los otros días, mi abuelita, de ochentaitantos, fue a abrir la puerta y se encontró un moisés con dos mellicitos de 36 años que hasta el día de la fecha no habían sido queridos por nadie. Imagínense la alegría que le dio, cansada de esperar la visita de los adultecidos, olvidadizos nietos tan llenos de obligaciones todos. Así que la abuela está ahora pariendo esta tardía maternidad que no deja de traerle momentos vivaces. Esto de los niños expósitos se está tornando cada vez más común en estos días de urgencias donde todos tienen la agenda tan cargadita de obligaciones que terminan invadidos por la desmemoria. Cosas de época.
Por supuesto que hay quienes ostentan el título de anfitriones de la creación y quieren llevarse todos los premios, y ahí están los artistas, entre sus materiales, queriendo exceder esto de parir para ir un escaloncito más arriba y crear como un dios. Pero no somos zonzos, sabemos muy bien el estado de gestación en que se encuentran con sólo observarlos detenidamente por unos segundos. Se sabe, por dar sólo un ejemplo, lo único que Borges hizo a lo largo de su vida fue emular a doña Leonor con devoción para parir y parir y seguir pariendo y así aún hoy sigue procreando hijos lunáticos, esperpénticos, dandies, pampeanos, pelirrojos, felinos, pánfilos o microscópicos.
Entonces, no neguemos lo evidente y veamos más allá de lo corpóreo, todo ser vivo sobre la tierra es un primer hogar para otros seres vivos a los que alberga más allá de su voluntad. Teniendo en cuenta la capacidad fonatoria de algunas especies, esta cualidad se potencia hasta la desmesura dado que contamos también con ese segundo útero que son la voz y la memoria donde todo prolifera, aún en el olvido.
Así que, por favor, dejemos de reducirnos a lo visible cuando podemos ser más aceptándonos como somos. No escondamos más los abultados úteros bajo las fajas de lo que corresponde, de lo que deberíamos o de lo que nos hace culpables y amorales. Vinimos a este mundo a parir, hagámoslo con honra. Asumámonos cápsula trasbordadora para que otros vengan a la luz montados en una carcajada.
domingo, 3 de julio de 2016
epístola 1
Carta a Jen
la ansiedad le hacía apetecer una existencia
en la cual el mañana no fuera la continuación de hoy
con su medida de tiempo,
sino algo distinto y siempre inesperado
como en los desenvolvimientos de las películas norteamericanas,
donde el pordiosero de ayer es el jefe de una sociedad secreta de hoy,
y la dactilógrafa aventurera una multimillonaria de incógnito.
Roberto Arlt, Los siete locos
,
En los corredores de la escuela de danza
Querida Jen.
Quisiese adquirir como posible la idea de abandonarte. Pero no. Una y otra vez te me aparecés por aquí y por allá como esos símbolos inagotables que caracterizan a la Iglesia o al psicoanálisis. Y, de golpe, tras una racha de tiempos austeros y simples, volvés, como la marea, impredecible y constante. Y entonces, como el primer crujir del cascarón, comenzás a deshacer esa suerte de caparazón que me protegía del mundo cuando me olvidaba de vos y todos los como vos.
No sé por qué, en mi imaginario, unas veces te rescato como a la cruz que un día te cobija y otro te olvida, como a los cielos que pueden brillar o atormentarse. Otras, te me transformás y me te transformo en un sentido del deber adulterado que termina cayendo en las tierras poco fecundas de la culpa o el auto-reproche.
La cosa es que siempre estás ahí. Con tu máscara de soldadora en alguna fábrica de los suburbios de Pittsburgh de día. Con tu poca ropa en un cabaret de la misma ciudad por la noche. Fuego y nieve diría Ricky Martin. De noche y de día. Y te levantás temprano, madrugás, Jen, y agarrás tu bici que bajás por el ascensor que en este caso es un descensor y pedaleando llegás a esa guarida de la industria del acero. Puedo imaginarte en el barrio de Lugano siendo la misma chica con los mismos ojos, viendo el alba cuando la ciudad se despide de la noche y casi todos duermen, menos vos. Y entonces me acuerdo de que no sos Jen, sino Alex Owen, la protagonista de la película y no la actriz, pero, lo mismo da, dado que no hiciste nada más en tu vida, porque nada más puede hacerse después de haberlo hecho todo. Quién quisiese verte en otras escenas, Jen. Quién soportaría tu imagen a leguas de la historia de Alex. La respuesta es unívoca. Y ahí te eternizamos y vos te quedás por los siglos de los siglos firme en ese monoambiente donde tu perro y vos son el universo y donde tu cuerpo se rebela cuando comienza la música y la casa, tu covacha de obrera que tiene que ganarse el mango, es un escenario donde las plantas de tus pies hacen magia y el movimiento es fuerza y furia y una de esas impotencias que se acaudalan para transformarse en algo así como una lámpara de Aladino, un objeto capaz de concederte un deseo que podría ser realización o fracaso de ideas.
Y cada tanto me pregunto por el porqué de tanta injusticia. Creo que estarías de mi lado en esto, que entenderías por qué me molesta tanto que todos recuerden imágenes como ésta:
donde estás rindiendo el examen que es la prueba del éxito. Tu talento depende de lo que juzguen esos señores por ahí detrás, tu vida y tus ganas penden de esos santos pedros que te alojarán en el cielo o en alguno de los infiernos de este mundo. Sí, nos gusta ser juzgados, nos gusta sacarnos un diez y ser los mejores en cualquier cosa que hagamos. Porque nadie nos enseñó otra cosa en estas escuelitas que todavía tenemos, que atesoramos y bastardeamos en nuestra pulcra relación con los vicios y las virtudes. Jen, no tolero que te reduzcan a ese momento perfecto en que te olvidás de ellos y bailás. No. Porque saliste contenta de ahí y entonces Hollywood o alguno de sus secuaces más ejemplares nos indica que sí, que triunfaste, que la putita de la obra que vive sola y lleva una vida licenciosa bailando casi en bolas por las noches puede ganarse el corazón de su jefecito y además dedicarse a un futuro donde ni la fábrica ni su obra sean necesarias, porque en el mundo del éxito no hay necesidades sino lujos. Y vos, nos dice la imagen final de la película, estás en ese umbral, en el que se abandonan los mundos cenicientos y se entra a ese mundo tan confortable de lo vip y de lo all inclusive, porque te lo merecés, Jen, porque sos una apasionada del movimiento y en esta sociedad las pasiones compañeras del esfuerzo y el sacrificio vencen. Por eso me enoja que te dejen ahí, en ese idilio sacrosanto. Hasta aceptaría una segunda parte viéndote hecha una perdedora que baila de locura en el manicomio, mirá lo que te digo. Entonces me quedo con esa otra imagen de tus botas embarradas en medio de los cancanes de las niñas con rodete, tan impolutas ellas, tan clásicas, y te veo ahí, dudando de vos y de lo que estás por hacer, porque, sabés, ese mundo no es el tuyo, sino el de los que vienen de otros lados tan lejanos que en la cabeza se te figuran imaginarios. Elijo tus botas, Jen, porque en el reino de este mundo van a resultarnos más útiles que las zapatillas de punta y el cancán.
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