Todos somos la madre de alguien. Querámoslo o no. Las criaturas del abandono andan por acá y por allá pidiendo cobijo. Tal vez somos nosotros mismos los que las creamos con los ojos, tal vez inventamos su fragilidad al tacto de la mirada que quiere acariciarlas, abrigarlas, llevarlas hacia el seno y ser su alimento.
Queramos o no somos madre, aunque nos esforcemos en negarlo. Aunque ante las evidencias prominentes de las caderas y los vientres, ante la innegable anchura de los cuerpos, digamos no, la realidad habrá de ocuparse del necio que todos tenemos dentro, como a un hijo enjaulado que nunca quiso salir. La connivencia es el bastión de las negaciones, la hilera de vértebras en la que se yergue lo apócrifo con su mundo de cartón.
Vinimos al mundo a crear, a ser habitados. Y por ahí andan esos ancianitos en el parque, escondidos en su juego de ajedrez, para que no les notemos los vientres abultados donde el porvenir juega a la escondida con nosotros, o esas adolescentes debajo de sus guardapolvos y sus jumpers, que ignoran soberbiamente la capacidad de parir que hay en sus movimientos y en los cadáveres de las niñas que llevan dentro, y, ni que hablar de ese gato callejero que ahijó más de cien vagabundos, siempre preñado y a punto de dar a luz, toda una vida de pariciones la suya.
Todos somos obligados a ser la madre de alguien. Los otros días, mi abuelita, de ochentaitantos, fue a abrir la puerta y se encontró un moisés con dos mellicitos de 36 años que hasta el día de la fecha no habían sido queridos por nadie. Imagínense la alegría que le dio, cansada de esperar la visita de los adultecidos, olvidadizos nietos tan llenos de obligaciones todos. Así que la abuela está ahora pariendo esta tardía maternidad que no deja de traerle momentos vivaces. Esto de los niños expósitos se está tornando cada vez más común en estos días de urgencias donde todos tienen la agenda tan cargadita de obligaciones que terminan invadidos por la desmemoria. Cosas de época.
Por supuesto que hay quienes ostentan el título de anfitriones de la creación y quieren llevarse todos los premios, y ahí están los artistas, entre sus materiales, queriendo exceder esto de parir para ir un escaloncito más arriba y crear como un dios. Pero no somos zonzos, sabemos muy bien el estado de gestación en que se encuentran con sólo observarlos detenidamente por unos segundos. Se sabe, por dar sólo un ejemplo, lo único que Borges hizo a lo largo de su vida fue emular a doña Leonor con devoción para parir y parir y seguir pariendo y así aún hoy sigue procreando hijos lunáticos, esperpénticos, dandies, pampeanos, pelirrojos, felinos, pánfilos o microscópicos.
Entonces, no neguemos lo evidente y veamos más allá de lo corpóreo, todo ser vivo sobre la tierra es un primer hogar para otros seres vivos a los que alberga más allá de su voluntad. Teniendo en cuenta la capacidad fonatoria de algunas especies, esta cualidad se potencia hasta la desmesura dado que contamos también con ese segundo útero que son la voz y la memoria donde todo prolifera, aún en el olvido.
Así que, por favor, dejemos de reducirnos a lo visible cuando podemos ser más aceptándonos como somos. No escondamos más los abultados úteros bajo las fajas de lo que corresponde, de lo que deberíamos o de lo que nos hace culpables y amorales. Vinimos a este mundo a parir, hagámoslo con honra. Asumámonos cápsula trasbordadora para que otros vengan a la luz montados en una carcajada.
en la cual el mañana no fuera la continuación de hoy
con su medida de tiempo,
sino algo distinto y siempre inesperado
como en los desenvolvimientos de las películas norteamericanas,
donde el pordiosero de ayer es el jefe de una sociedad secreta de hoy,
y la dactilógrafa aventurera una multimillonaria de incógnito.
Roberto Arlt, Los siete locos
, En los corredores de la escuela de danza
Querida Jen.
Quisiese adquirir como posible la idea de abandonarte. Pero no. Una y otra vez te me aparecés por aquí y por allá como esos símbolos inagotables que caracterizan a la Iglesia o al psicoanálisis. Y, de golpe, tras una racha de tiempos austeros y simples, volvés, como la marea, impredecible y constante. Y entonces, como el primer crujir del cascarón, comenzás a deshacer esa suerte de caparazón que me protegía del mundo cuando me olvidaba de vos y todos los como vos.
No sé por qué, en mi imaginario, unas veces te rescato como a la cruz que un día te cobija y otro te olvida, como a los cielos que pueden brillar o atormentarse. Otras, te me transformás y me te transformo en un sentido del deber adulterado que termina cayendo en las tierras poco fecundas de la culpa o el auto-reproche.
La cosa es que siempre estás ahí. Con tu máscara de soldadora en alguna fábrica de los suburbios de Pittsburgh de día. Con tu poca ropa en un cabaret de la misma ciudad por la noche. Fuego y nieve diría Ricky Martin. De noche y de día. Y te levantás temprano, madrugás, Jen, y agarrás tu bici que bajás por el ascensor que en este caso es un descensor y pedaleando llegás a esa guarida de la industria del acero. Puedo imaginarte en el barrio de Lugano siendo la misma chica con los mismos ojos, viendo el alba cuando la ciudad se despide de la noche y casi todos duermen, menos vos. Y entonces me acuerdo de que no sos Jen, sino Alex Owen, la protagonista de la película y no la actriz, pero, lo mismo da, dado que no hiciste nada más en tu vida, porque nada más puede hacerse después de haberlo hecho todo. Quién quisiese verte en otras escenas, Jen. Quién soportaría tu imagen a leguas de la historia de Alex. La respuesta es unívoca. Y ahí te eternizamos y vos te quedás por los siglos de los siglos firme en ese monoambiente donde tu perro y vos son el universo y donde tu cuerpo se rebela cuando comienza la música y la casa, tu covacha de obrera que tiene que ganarse el mango, es un escenario donde las plantas de tus pies hacen magia y el movimiento es fuerza y furia y una de esas impotencias que se acaudalan para transformarse en algo así como una lámpara de Aladino, un objeto capaz de concederte un deseo que podría ser realización o fracaso de ideas.
Y cada tanto me pregunto por el porqué de tanta injusticia. Creo que estarías de mi lado en esto, que entenderías por qué me molesta tanto que todos recuerden imágenes como ésta:
donde estás rindiendo el examen que es la prueba del éxito. Tu talento depende de lo que juzguen esos señores por ahí detrás, tu vida y tus ganas penden de esos santos pedros que te alojarán en el cielo o en alguno de los infiernos de este mundo. Sí, nos gusta ser juzgados, nos gusta sacarnos un diez y ser los mejores en cualquier cosa que hagamos. Porque nadie nos enseñó otra cosa en estas escuelitas que todavía tenemos, que atesoramos y bastardeamos en nuestra pulcra relación con los vicios y las virtudes. Jen, no tolero que te reduzcan a ese momento perfecto en que te olvidás de ellos y bailás. No. Porque saliste contenta de ahí y entonces Hollywood o alguno de sus secuaces más ejemplares nos indica que sí, que triunfaste, que la putita de la obra que vive sola y lleva una vida licenciosa bailando casi en bolas por las noches puede ganarse el corazón de su jefecito y además dedicarse a un futuro donde ni la fábrica ni su obra sean necesarias, porque en el mundo del éxito no hay necesidades sino lujos. Y vos, nos dice la imagen final de la película, estás en ese umbral, en el que se abandonan los mundos cenicientos y se entra a ese mundo tan confortable de lo vip y de lo all inclusive, porque te lo merecés, Jen, porque sos una apasionada del movimiento y en esta sociedad las pasiones compañeras del esfuerzo y el sacrificio vencen. Por eso me enoja que te dejen ahí, en ese idilio sacrosanto. Hasta aceptaría una segunda parte viéndote hecha una perdedora que baila de locura en el manicomio, mirá lo que te digo. Entonces me quedo con esa otra imagen de tus botas embarradas en medio de los cancanes de las niñas con rodete, tan impolutas ellas, tan clásicas, y te veo ahí, dudando de vos y de lo que estás por hacer, porque, sabés, ese mundo no es el tuyo, sino el de los que vienen de otros lados tan lejanos que en la cabeza se te figuran imaginarios. Elijo tus botas, Jen, porque en el reino de este mundo van a resultarnos más útiles que las zapatillas de punta y el cancán.
acá estoy, ergo, en el ruedo de mis molestias, de mis malestares, de las enfermedades que padezco gracias a la cajita negra del inconsciente. y del afuera, de este paisito en el que vivo. entre los dos el combo es complicado.
un mal que dura cien años, me digo. porque a veces el tiempo engulle todo alrededor y somos una simple presita en la mira de.
estos tiempos son de esa índole: duros, ásperos, de una voz con carraspera que no acaba de limpiarse del todo.
y, entonces, mi vuelta, mi vueltita al mundo, al mío, en diez añitos, me dice que tenemos una memoria de insecto, que olvidamos quiénes somos, que no sabemos trabajar en equipo, que existe en estas tierras siempre barbáricas una línea divisoria que nos aparta en vez de volvernos hermanos, y, que, esa línea, invisible pero más táctil y concreta que el obelisco, nos lacera como grupo humano, como sociedad.
y, sí, hablo de estos últimos tiempos. hablo de su parentesco con otra década democrática también infame.
alrededor el aire apesta. a incomprensión.
¿será que nos cercenaron desde el nacimiento la posibilidad de un camino propio?¿será que todo está tan sucio desde siempre que esta tierra va a condenar eternamente a la prole del viejo continente que acá se queda? pregunta sin demasiado sentido, más del orden de lo mítico, de lo religioso, que de lo que nos pasa hoy. aunque algo de eso tiene que haber.
cómo se hace con un país que en los tiempos que corren, corre, y sin saber detrás de quién. cómo se hace para lidiar con esta bola gigante en la que estamos metidos para seguir creyendo.
no sé cómo, pero se cree. pese a toda oscuridad, pese al malevaje financiero y las mentiras de que el que quiere puede. nada de eso. el que quiere, intenta, y a veces no puede. y cuando no puede le resulta difícil sostener la permanencia de sus convicciones maltratadas una y otra vez por una realidad sorda.
Casas cuelgan de mi
pared: sobre la inoperancia de las cargas o el leve inventario de una memoria.
Yo adivino el parpadeo.
Le Pera
Entonces, recuerda
esto,
las viejas historias que jamás se cuenten
alrededor de un fuego,
alrededor de otro se contarán.
Y los recuerdos que un linaje ha perdido viven
en las casas de otro linaje.
Liliana Bodoc
Todos los demás son
bienvenidos al poema,
A exiliarse del
humano tiempo para ser parte del tiempo.
Cristian Avecillas
Cuelgan de la pared de mi
cuarto pequeñas casas. Y esas casas llevan como gesto una guerra ganada, una
empresa duradera, quizás el aliento abrasador de la justicia poética.
Es primavera en esta esquina
de San Telmo donde ahora descansamos y/o noscansamos mis cosas y
yo. Hubo primaveras, sí, en mi esquina de Boedo, en sus atardeceres sin nombre,
donde, desde un quinto piso, me dediqué a pensar sin palabras acompañada del
ocaso irremediablemente bello de ese balcón al que ya no vuelvo. Hubo
primaveras en cada rincón de trashumancia de estos años que van haciendo de a
poco un montículo de experiencia, tal vez una inexperiencia que suma la edad de
la muerte de Cristo llegando al último tramo de su carrera de meses.
Mis cosas y yo fueron
cambiando con el paso del tiempo. Tienen (siempre tuvieron) valor sólo para mí.
Trivialidad a la que arribo después de haber andado largo, a pie, a las
corridas o sobre las dos ruedas de mi desmotorizado súper vehículo. Lo mío
siempre fue la tracción a sangre.
Las cosas se perdían en las
mudanzas, han dicho muchos antes que yo. Las cosas dejan de ser cosas para
transformarse en nada, se vuelven eventualmente descuidos o pasan al reino del
olvido sin pena ni gloria. A veces ese olvido se deshace en la intermitencia
que una señal caprichosa e inexplicable trae al presente por un rato en el que
el pasmo nos hospeda paradójicamente.
Las cosas, como las palabras,
pasado un tiempo que es el tiempo de la apropiación, desaparecen. Se van , no
sin emular lo etéreo del lenguaje, desmaterializándose… pasan a ser
simplemente una idea, la idea de lo ido…
Ahora entiendo que mi última
mudanza hizo de ellas una síntesis, un resumen de la acumulación de años (las
más de las veces formada por piezas insustanciales de modo tal que lo que llega
a la casa resta, acapara o asfixia, quita espacio, y hace sentir, también, que
uno perdió dinero que es tiempo para poder tener lo que ya no se quiere,
o ya no sirve o ya no encuentra su lugar en el nuevo domicilio). Así, mi último
trasbordo es un referente que subraya sólo lo indispensable de una totalidad, y
esa totalidad se vuelve la fuerza centrípeta que sucede a la fuga de lo ya
innecesario, de la tenencia sin sustento. De modo que, después de ir
incrementando mi pequeño hatillo, después de una marea creciente del número de
bagatelas que lo alimentaban, las cosas de mi hogar de Boedo (venidas de mi
hogar de Parque Patricios, devenidas de mi hogar de Bernal, provenientes de mis
no hogares anteriores) partieron en distintas direcciones hacia nuevos destinos
quizá mucho más amables que la convivencia con mi persona. Recuerdo la senda de
hormiguita viajera y las instancias de cada posada oficiando de hogar
temporario: un contrasentido en sí mismo, las ironías del eterno debate entre
los cuerpos y sus nombres, la zanja omnipresente entre la física y la
metafísica. Recuerdo la ciclópea y en aumento preocupación de mudanza tras
mudanza que, de golpe, se deshace. Y no se desarma en la fe en el
asentamiento y los seguros de vida, no. Tampoco en la creencia de que, bueno,
ya está, es hora de sentar cabeza, de aquerenciarnos. Algo en mi biografía,
algo que viene de tan lejos como de antes de nacer, hizo inverosímiles no sólo
todos los hiperbólicos finales de historias con princesas y castillos sino
además los de una simple, modesta vida sin mucho tembladeral. El lugar del
idilio lo ocuparon desde siempre las desventuras: la serie Bomba
de la colección ‘Robin Hood’ que fue de mi padre antes de ser botín de guerra
entre mi hermano el segundo y yo; algunas, varias historias de niños huérfanos
buscando un hogar, y ahí entre ellas están las imágenes de Dorothy y Totó en la singular casa que viaja un Huracán, las correrías de Tom y Huckleberry, Annie
(mi primera lectura voraz, mi primera tarde entera boca abajo, boca arriba,
sentada de mil modos distintos sin despegar los ojos de mi edición roja de la
colección ‘Billiken’) buscando incansablemente a sus padres que no
va a encontrar o deshaciéndose de los padres apócrifos que intentaban embaucar al
don millonario que la había adoptado, Heidi y todas sus distancias en
forma de abuelo o de ciudad como nostalgia de la naturaleza, Bastian, tratando
sin fin de salvar fantasía, el lazarillo y sus formas de ingeniárselas para la
subsistencia; en mi adolescencia, Rebeca llevando la valija con los huesos de sus
padres hasta Macondo, chupándose el dedo hasta agrietarlo de humedad o de miedo, comiéndose la tierra para esconder la ansiedad o escapar del recuerdo, del no saber decir, del no poder contestar; y después, en la que fuera mi segunda infancia,
Amélie, entre la muerte de su madre y los fríos árticos de su padre que le
depararían como único destino inexorable la enfermedad. Así fue pergeñándose el
imaginario desventurero de mis años, en historias de ausencia y
exilio, en los contornos de la imposibilidad que trae sin quererlo la praxis de
la orfandad hecha muchas veces canto, poema. Esos mundos quedan perennes en el
hatillo de mis bienes. En la maleta de huellas obreras del recuerdo que tejen
constantes la memoria. Lo demás es prescindible. Un peso innecesario.
Esta crónica de mis desvelos
había comenzado con mi hoy-habitación en esta esquina del mundo, con las pequeñeces
que hasta aquí me acompañaron: algunos libros, unos pocos trapos que me vistan,
y unas imágenes, instantáneas de indicios que otros han dejado en mi
sangre, en el aire que respiro y sale de mí con sus nombres, en mis pasos
nuevos en los que ellos también viajan. Las casas en mi pared, la risa a color
o las muecas blanco y negro son paisajes en los que me detengo a volver, en los
que visito el tiempo que ya ido permanece, como cuando me siento a mirar mis
libros, ordenados caprichosamente en mi biblioteca y juego a evocar qué pasaba
cuando estaba leyendo Mme. Bovary o a quién le debo la poesía de Dorado, el amor por Pizarnik, los vacíos de Pessoa; puedo estar horas barajando el tiempo pasado, vivido con
las historias que me acompañaron, o jugar a que Karénina se encuentra un día con
Samsa que viene de haber visitado a Oliveira. De ese mismo modo imprudente y sin sentido, puedo estar siglos
observando las casas en mi pared, acarreando hasta el presente los pasos
previos al momento del flash, y encontrar cada vez un detalle nuevo, algo que
no había visto. Y entre mis casas hoy tengo ganas de volver a calcar escenas
que dichas por mí quizá suenen encriptadas, enfrascadas en mis antojos
escriturarios o en mi incapacidad de decir claramente. Quiero que mi voz se alce en el recuerdo de:
*una boca gigante que ríe
desde el papel de la fotografía hasta la eternidad del Nunca Jamás,
*un abrazo, un gesto cómplice entre el
fuego y la tierra llegando a un mismo destino después de una larga carrera que
dijo no a unas aventuras elegidas por otros donde ni la tierra ni el fuego
estaban demasiado cómodos,
*la verborragia de los
vientos que arrecian sonriéndole al mundo porque sí, porque a veces el silencio
no llega y entonces queda la ironía para salvarnos.
Y entre esas tres diminutas
reliquias visuales que juegan con otras a su alrededor para reunirse o
saludarse o mirarse de reojo como dos personajes de libros distintos que se
saludan, como los desconocidos que desde la primera mirada se saben amigos entrañables aunque jamás lleguen a decirse 'a', estoy yo, yo- otra, yo-ayer, yo- quién. Entre la verborragia que
aprende a callar, la tierra que disfruta salir a una ruta cualquiera con una excusa cualquiera, y la risa de estruendo que hace y hace y no se cansa
de hacer porque entiende que pensar por pensar no tiene demasiado sentido,
entre mis impares alas que el azar me regaló en otra esquina del país de las
maravillas, entre Paz, Irene y Venus o quienes sean esas mujeres-peces,
mujeres-rana, mujeres- rara avis, entre sus siluetas robadas a esa entelequia llamada pasado, puedo concluir que está bien
desprenderse e ir dejando el acopio para el que nos criaron, tal vez, sin notar
lo superficial de una enseñanza que rige millones y millones de vidas. Y es
bueno empezar a entender que los lastres sólo colaboran con la quietud del
atleta que piensa exclusivamente en correr, en andar, en irse, lejos. No hay
mucho que necesitar. Y digo necesitar acompañado de una negación y me sumerjo
en otros paisajes, otros colores, de viajeros sin raíces, pienso en un
contrasentido llamado Geo, Geo I, Geo II, Geo indefinido, irracional y trotamundo. Geo
punto o Geo universo. Todo termina siendo, absoluta y enteramente
ficción. Así leo. Así vivo. Todo menos unas casas que cuelgan hoy
ocasionalmente de esta pared y me muestran gestos de los que están y de otros
que se fueron erigiendo de modo irredimible en una historia sin fin que guardo
sin tiempo, sin espacio en el territorio de la memoria donde todo es. Unas
casas a las que también tendré que aprender a desaferrarme…
Crecer es conocer el
necesario despojo, soltar y correr ligeros por un parque sin relojes.
Tengo todo lo que perdí, guardo el misterio. Conmigo lo llevo, en mi cada
vez más pequeño bolso de viajera inabordable.
Epílogo
Y ahora, que termino de releer estas palabras
caigo en la cuenta de que cualquier parecido con el capítulo 5 de estas
crónicas es pura responsabilidad de la incoherencia.