martes, 16 de octubre de 2012

queja número 9

Casas cuelgan de mi pared: sobre la inoperancia de las cargas o el leve  inventario de una memoria.
Yo adivino el parpadeo.
Le Pera

Entonces, recuerda esto,
 las viejas historias que jamás se cuenten alrededor de un fuego,
 alrededor de otro se contarán.
 Y los recuerdos que un linaje ha perdido viven en las casas de otro linaje.
Liliana Bodoc

Todos los demás son bienvenidos al poema,
A exiliarse del humano tiempo para ser parte del tiempo.
Cristian Avecillas

 
Cuelgan de la pared de mi cuarto pequeñas casas. Y esas casas llevan como gesto una guerra ganada, una empresa duradera, quizás el aliento abrasador de la justicia poética.
Es primavera en esta esquina de San Telmo donde ahora descansamos y/o noscansamos mis cosas y yo. Hubo primaveras, sí, en mi esquina de Boedo, en sus atardeceres sin nombre, donde, desde un quinto piso, me dediqué a pensar sin palabras acompañada del ocaso irremediablemente bello de ese balcón al que ya no vuelvo. Hubo primaveras en cada rincón de trashumancia de estos años que van haciendo de a poco un montículo de experiencia, tal vez una inexperiencia que suma la edad de la muerte de Cristo llegando al último tramo de su carrera de meses.
Mis cosas y yo fueron cambiando con el paso del tiempo. Tienen (siempre tuvieron) valor sólo para mí. Trivialidad a la que arribo después de haber andado largo, a pie, a las corridas o sobre las dos ruedas de mi desmotorizado súper vehículo. Lo mío siempre fue la tracción a sangre.   
Las cosas se perdían en las mudanzas, han dicho muchos antes que yo. Las cosas dejan de ser cosas para transformarse en nada, se vuelven eventualmente descuidos o pasan al reino del olvido sin pena ni gloria. A veces ese olvido se deshace en la intermitencia que una señal caprichosa e inexplicable trae al presente por un rato en el que el pasmo nos hospeda paradójicamente.
Las cosas, como las palabras, pasado un tiempo que es el tiempo de la apropiación, desaparecen. Se van , no sin  emular lo etéreo del lenguaje, desmaterializándose… pasan a ser simplemente una idea, la idea de lo ido…
Ahora entiendo que mi última mudanza hizo de ellas una síntesis, un resumen de la acumulación de años (las más de las veces formada por piezas insustanciales de modo tal que lo que llega a la casa resta, acapara o asfixia, quita espacio, y hace sentir, también, que uno perdió dinero que es  tiempo para poder tener lo que ya no se quiere, o ya no sirve o ya no encuentra su lugar en el nuevo domicilio). Así, mi último trasbordo es un referente que subraya sólo lo indispensable de una totalidad, y esa totalidad se vuelve la fuerza centrípeta que sucede a la fuga de lo ya innecesario, de la tenencia sin sustento. De modo que, después de ir incrementando mi pequeño hatillo, después de una marea creciente del número de bagatelas que lo alimentaban, las cosas de mi hogar de Boedo (venidas de mi hogar de Parque Patricios, devenidas de mi hogar de Bernal, provenientes de mis no hogares anteriores) partieron en distintas direcciones hacia nuevos destinos quizá mucho más amables que la convivencia con mi persona. Recuerdo la senda de hormiguita viajera y las instancias de cada posada oficiando de hogar temporario: un contrasentido en sí mismo, las ironías del eterno debate entre los cuerpos y sus nombres, la zanja omnipresente entre la física y la metafísica. Recuerdo la ciclópea y en aumento preocupación de mudanza tras mudanza que, de golpe, se deshace.  Y no se desarma en la fe en el asentamiento y los seguros de vida, no. Tampoco en la creencia de que, bueno, ya está, es hora de sentar cabeza, de aquerenciarnos. Algo en mi biografía, algo que viene de tan lejos como de antes de nacer, hizo inverosímiles no sólo todos los hiperbólicos finales de historias con princesas y castillos sino además los de una simple, modesta vida sin mucho tembladeral. El lugar del idilio lo ocuparon desde siempre las desventuras: la serie  Bomba de la colección ‘Robin Hood’ que fue de mi padre antes de ser botín de guerra entre mi hermano el segundo y yo; algunas, varias historias de niños huérfanos buscando un hogar, y ahí entre ellas están las imágenes de Dorothy y Totó en la singular casa que viaja un Huracán, las correrías de Tom y Huckleberry,   Annie (mi primera lectura voraz, mi primera tarde entera boca abajo, boca arriba, sentada de mil modos distintos sin despegar los ojos de mi edición roja de la colección ‘Billiken’)  buscando incansablemente a sus padres que no va a encontrar o deshaciéndose de los padres apócrifos que intentaban embaucar al don millonario que la había adoptado, Heidi y todas sus distancias en forma de abuelo o de ciudad como nostalgia de la naturaleza, Bastian, tratando sin fin de salvar fantasía, el lazarillo y sus formas de ingeniárselas para la subsistencia; en mi adolescencia, Rebeca llevando la valija con los huesos de sus padres hasta Macondo, chupándose el dedo hasta agrietarlo de humedad o de miedo, comiéndose la tierra para esconder la ansiedad o escapar del recuerdo, del no saber decir, del no poder contestar; y después, en la que fuera mi segunda infancia, Amélie, entre la muerte de su madre y los fríos árticos de su padre que le depararían como único destino inexorable la enfermedad. Así fue pergeñándose el imaginario desventurero de mis años, en historias de ausencia y exilio, en los contornos de la imposibilidad que trae sin quererlo la praxis de la orfandad hecha muchas veces canto, poema. Esos mundos quedan perennes en el hatillo de mis bienes. En la maleta de huellas obreras del recuerdo que tejen constantes la memoria. Lo demás es prescindible. Un  peso innecesario.
Esta crónica de mis desvelos había comenzado con mi hoy-habitación en esta esquina del mundo, con las pequeñeces que hasta aquí me acompañaron: algunos libros, unos pocos trapos que me vistan,  y unas imágenes, instantáneas de indicios que otros han dejado en mi sangre, en el aire que respiro y sale de mí con sus nombres, en mis pasos nuevos en los que ellos también viajan. Las casas en mi pared, la risa a color o las muecas blanco y negro son paisajes en los que me detengo a volver, en los que visito el tiempo que ya ido permanece, como cuando me siento a mirar mis libros, ordenados caprichosamente en mi biblioteca y juego a evocar qué pasaba cuando estaba leyendo Mme. Bovary o a quién le debo la poesía de Dorado, el amor por Pizarnik, los vacíos de Pessoa; puedo estar horas barajando el tiempo pasado, vivido con las historias que me acompañaron, o jugar a que Karénina se encuentra un día con Samsa  que viene de haber visitado a Oliveira. De ese mismo modo imprudente y sin sentido, puedo estar siglos observando las casas en mi pared, acarreando hasta el presente los pasos previos al momento del flash, y encontrar cada vez un detalle nuevo, algo que no había visto. Y entre mis casas hoy tengo ganas de volver a calcar escenas que dichas por mí quizá suenen encriptadas, enfrascadas en mis antojos escriturarios o en mi incapacidad de decir claramente. Quiero que mi voz se alce en el recuerdo de:  
*una boca gigante que ríe desde el papel de la fotografía hasta la eternidad del Nunca Jamás,
*un abrazo, un gesto cómplice entre el fuego y la tierra llegando a un mismo destino después de una larga carrera que dijo no a unas aventuras elegidas por otros donde ni la tierra ni el fuego estaban demasiado cómodos,
 *la verborragia de los vientos que arrecian sonriéndole al mundo porque sí, porque a veces el silencio no llega y entonces queda la ironía para salvarnos.
Y entre esas tres diminutas reliquias visuales que juegan con otras a su alrededor para reunirse o saludarse o mirarse de reojo como dos personajes de libros distintos que se saludan, como los desconocidos que desde la primera mirada se saben amigos entrañables aunque jamás lleguen a decirse 'a', estoy yo, yo- otra, yo-ayer, yo- quién. Entre la verborragia que aprende a callar, la tierra que disfruta salir a una ruta cualquiera con una excusa cualquiera, y la risa de estruendo que hace y hace y no se cansa de hacer porque entiende que pensar por pensar no tiene demasiado sentido, entre mis impares alas que el azar me regaló en otra esquina del país de las maravillas, entre Paz, Irene y Venus o quienes sean esas mujeres-peces, mujeres-rana, mujeres- rara avis, entre sus siluetas robadas a esa entelequia llamada pasado, puedo concluir que está bien desprenderse e ir dejando el acopio para el que nos criaron, tal vez, sin notar lo superficial de una enseñanza que rige millones y millones de vidas. Y es bueno empezar a entender que los lastres sólo colaboran con la quietud del atleta que piensa exclusivamente en correr, en andar, en irse, lejos. No hay mucho que necesitar. Y digo necesitar acompañado de una negación y me sumerjo en otros paisajes, otros colores, de viajeros sin raíces, pienso en un contrasentido llamado Geo, Geo I, Geo II, Geo indefinido, irracional y trotamundo. Geo punto  o Geo universo. Todo termina siendo, absoluta y enteramente ficción. Así leo. Así vivo. Todo menos unas casas que cuelgan hoy ocasionalmente de esta pared y me muestran gestos de los que están y de otros que se fueron erigiendo de modo irredimible en una historia sin fin que guardo sin tiempo, sin espacio en el territorio de la memoria donde todo es. Unas casas a las que también tendré que aprender a desaferrarme…
Crecer es conocer el necesario despojo, soltar y correr ligeros por un parque sin relojes. Tengo todo lo que perdí, guardo el misterio. Conmigo lo llevo, en mi cada vez más pequeño bolso de viajera inabordable.          

Epílogo
Y ahora, que termino de releer estas palabras caigo en la cuenta de que cualquier parecido con el capítulo 5 de estas crónicas es pura responsabilidad de la incoherencia.

jueves, 20 de septiembre de 2012

queja 8. cuando decir distancia es decir inmensidad



Y supimos desandar el tiempo
hacerlo carcajada
para mirar atrás y ver juntas lo mismo

y fuimos risa y geografía
y tantos árboles acompañando el camino
e hicimos un lazo que tatuaba o desaparecía
cualquier distancia entre nuestras manos

y en el cielo bailaban los cuentos de nuestra segunda infancia
y el mar esperaba ese vuelo que éramos nosotras hermanas del grito y el silencio

y entre azabache y azafrán#
los días se olvidaron de ser días
y la misma risa que devoraba el tiempo
se llevaba la distancia que un cordón mágico deshacía
entre el ombligo de tu mundo y el mío

que aprendieron a ser simplemente y cada tanto la integridad…

sábado, 18 de agosto de 2012

queja 7. por el desliz en la gesta de una historia


 ((mientras las historias se tejen, las palabras hacen lío entre las hojas)))

Podíamos enterrar los huecos del pasado
bajo el árbol de aquel invierno
en que empezamos a esperar la primavera

podíamos tanto
que elegir
se hizo una tierra baldía para la desmesura

pudimos tan poco
que somos niños perdidos
en un jardín de invierno

miércoles, 27 de junio de 2012

queja número 6: sobre el exilio, hogar de la palabra




rodeada de bienes se derrumba esta casa
Susana Thénon

hay que empezar despacio
a deshacer el mundo
Héroes del Silencio

El cielo está dentro de uno
Atahualpa

Mi biblioteca hizo un viajecito por tiempo indeterminado. Si bien hace poco menos de dos meses todos los libros se vieron obligados a instalarse en la pensión que para ellos es mi placard, vienen a ser, de cierto, un inquilino que goza de algún sospechoso favoritismo, ya que su habitante histórico, mis trapos, léase los harapos que se traducen en el despropósito de mi vestimenta, quedaron relegados al lugarcito ínfimo que el invasor ha decidido cederles sin demasiado ahínco que digamos. Con qué rapidez viaja el discurso del inquilinato al colonialismo, no dejo de asombrarme con esto de la treta incansable de la palabra. Y el viaje al ropero encuentra su origen en un catastro que mi pequeña morada padeció un año ha, cuando todos los caños que visten el suelo que piso en este dos ambientes de una esquina de Boedo dijeron ‘basta, es hora del júbilo, treintaipico de años es demasiado para cualquier cañería ’ y todos los vecinos de este coloso de cemento que viven del quinto piso para abajo se encontraron con su hábitat cotidiano en medio de una tormenta impredecible, de una inundación impresentable, de un diluvio poco amable y ajeno a toda hospitalidad: el lado bueno, no fue mi casa la víctima de las aguas despiadadas, que hubiesen hecho de mis libros una lágrima de papel;  el malo , sí fue mi covacha la inocente víctima de un terremoto cuyas consecuencias perduran hasta hoy. Albañil va, plomero viene, parquetista aparece, desaparece y vuelve a aparecer cual David Copperfield, la cosa es que poder volver a pisar firme en mi cucha se hizo largo, tanto como para que yo valorase algo que nunca pensé atesorar de  modo desmesurado, poder caminar por mi casa sin tener que hacer ningún salto en largo, sin ninguna proeza atlética.
Los libros, para acá y para allá. Unos libros que tienen tantas mudanzas como yo, y que no son pocas, están ahora vacacionando en el placard. Y no, no es esta la primera vez que los pobres (ahora del colonialismo a la marginalidad, valga lo perplejo del asunto) me han acompañado en esto de ser la traumática inquilina de los espacios que han tenido el coraje de darme asilo. No. Recuerdo aquel fatídico 2006, un gitaneo constante por numerosos barrios de esta maldita ciudad y del Sur del Gran Buenos Aires, origen y destino, la odisea fue algo así como un juego de la oca para zonzos, con las siguientes paradas: Quilmes, Balvanera, San Cristóbal, Once, Quilmes. Una ruina circular de regreso a casa de mis padres con el rabo entre las patas, un perro que juega a morderse la cola, el viaje de mi suelo hacia dónde no, hacia dónde nunca, la paradoja de volver por un poco de paz hacia el lugar que había dejado atrás por exceso de guerra. Quizá tomarme el 129 me salía más barato y ahorraba unos cuantos pesos de flete y angustia. Lo extraño es que en todo ese recorrido desquiciante la calma se hizo en el seno del hospicio parental, paradójicamente todo aconteció con armonía durante el par de meses que permanecí junto a mis dioses lares en una esquina de Bernal. Quizá fue necesario volver con la frente marchita, para irme en paz, reconciliada con mi historia, con mi árbol sanguíneo, en la balsa que me rescató de mi naufragio y me llevó a otra orilla de mi independencia.  Y no voy a recordar las peripecias al vacío en que incurrí tras cada estación.  Puedo resumir los hechos en una pérdida de doble filo cuyo cómo no voy a detallar en este momento: mi Primeras letras de Octavio Paz y la obra completa de Borges que llevaba conmigo desde mis trece años se fueron en el intento. Las cosas se pierden en las mudanzas dice, con acierto, Perlongher. Esas fueron básicamente las dos puñaladas, las dos nostalgias concretas que hoy conservo de mi (momentánea, esporádica, sanadora) vuelta a Ítaca. Hubo otras también, inmateriales, intangibles, que están grabadas en mi memoria ad aeternitas. Así es que como Telémaco, volví, y Penélope y Odiseo me esperaban en casa para cebarme unos mates, contarme el cuento que no me contaron cuando niña y callar con la mirada el racconto de cada no y cada nunca de mi viaje equivocado en busca de un hogar cuya fachada decía ‘casa’ con letras luminosas y terminó siendo un orfanato andrajoso en el rincón más olvidado del universo. Sin embargo hay algo de todo eso que se traduce en una única firmeza que me reservo para mi fuero más íntimo, quizás uno de esos engaña-pichangas para tontos que colecciono con devoción.
Y volviendo al presente, mis libros que han habitado y deshabitado los sitios más inhóspitos en que unas páginas encuadernadas puedan internarse a hibernar, hoy, después de mucho camino al andar, están otra vez, en un estado de latencia, en el vilo del azar que no sabe, que juega a imaginar. Y allí van a seguir por un tiempo, porque no estoy dispuesta a seguir encontrando esos significados ocultos, esas otras historias que ellos ni siquiera sospechan que llevan consigo, porque un libro cae y adentro hay un boleto a Córdoba, un pétalo envejecido o el ticket que nos llevó a la comunión colectiva de un Manu Chao, un Bunbury o un Charly subacuático, tal vez a una victoria racinguista de museo. Porque otro libro cae justo en la página que el subrayado indica otro no en mi biografía. Porque detrás de él caen otros y otros que uno recordaba tan distintos. Es como si con el tiempo esas historias adentro de esos libros fueran cambiando de color, de paisajes, de idea. Y a cuento de todo esto recuerdo ahora que hace días nomás, viendo con mis alumnos de primer año La historia sin fin II, a la que me resistí por décadas por el mero hecho del II como cierre del título, el viejo Koreander advierte al pequeño quijote que  es Bastian sobre el incomparable peligro de leer un libro otra vez. Dice Sabina en un tema que no debiéramos volver al lugar en que hemos sido felices. Por eso entonces este dolerme en mis libros, en verlos, en mirarlos, en sentir todo eso que no dicen en palabras y gritan en un idioma incomprensible, por eso acaso estén ahora confinados al placard en el que también duerme mi miedo, porque hasta el aroma y el color de las páginas relatan en subjuntivo. También porque quizás en uno, dos, tres meses o un año yo me vaya de esta esquina de Boedo a otra nueva quién sabe adónde, quién sabe a qué ciudad o a qué país ahora que me enamoré de una isla que parece irreal donde todo es poesía. De sueños vive el hombre, dicen. Por eso no quiero volver a ordenar y reordenar mis libros, porque dicen cosas que todavía no quiero oír (porque no creo en el orden, mi fe pasa por otras aristas que siempre resultan inasibles). Porque debo pensar bien antes de elegir qué lugar va a ser mi casa. Y porque el lenguaje que fue casa hoy es un exilio más.              
Mientras tanto, los anaqueles, esperan vacíos otro viaje de vuelta. Mi bioteca y mi librografía también.  Casateniente no es una palabra posible en el diccionario de mis días, en el de mis letras. Entonces, en la espera, en su trasbordo, siempre irremediable, mis libros, los cuentos que la madre Literatura me cuenta,  tal vez aprendan, en compañía de mis trapos, a hacerme de vestido o de abrigo en mi eterno inquilinato, en mi interminable bitácora del destierro.

martes, 10 de abril de 2012

queja número 5

10 de abril

Queja sobre lo que los nombres no traen: sobre la ausencia o el exceso de lo nombrado

I Manos que tejen olvidos

En los orígenes de un costado de mi historia está Julia.
Julia tejedora, Julia obrera, Julia madre y abuela, Julia más tarde rodeada de bisnietos, Julia chinchuda, a veces malhablada, Julia cocinando para un batallón, o dos, porque a sus dos hijos se les dio por darle cuatro nietos. Julia cosiendo las prendas de nuestros primeros días de la infancia, de lo que siguió. Julia tanto, cuidándonos del frío con abrigos a rayas, bufandas simpaticonas y gorras al crochet. Julia en la feria cada martes, donde encuentra las bagatelas más exquisitas de la historia del barrio, donde camina a paso lento y con los mil ojos de Argos para encontrar ese oropel que la adecuación del ánimo mercader  va a sortear entre sus nietos. Julia ternura. Julia rumiante de gestas de silencio. Julia meciendo la tarde al son de los tejidos y los paños  que en sus manos entraman historias de color para nosotros, Julia que, a medida que nos teje un mundo de fantasía, hila y cose sus pesares, se detiene en el blanquinegro destino de sus días sin medio por qué, sin preguntas en voz alta para lo que no entiende. Y, cuando termina sus tareas, Julia arruga los pliegues de papeles de nombres que la llaman de otro tiempo, de otro mundo. Julia inventa o recrea lo que no es, Julia hace como si, y  el olvido se lo lleva todo, o, al menos, construye imágenes de vendavales que arrasan incesantemente con ese retazo de género en el que se configuró su presente, un presente largo, estirado, repitiéndose: la mitad de una vida. Así,  Julia como si nada todo el tiempo. Julia desmemoriada, escondiéndole la pena a la memoria, guardándose entre manos los secretos escondidos en ovillos y lienzos con que nos vistió desde el primer grito, Julia agazapada en las recetas infalibles que alimentaron nuestras carreras de pequeños gigantes de buen comer. Porque si hay una virtud en esta mujer son los quehaceres culinarios de dónde seguro proviene nuestro buen diente. 
Julia así siempre, atareada en sus mil manos para otros, salvo, que en un rapto impulsivo y descuidado uno, como sin darse cuenta, pregunte y ella, Julia río de rocas, reciba en lo hondo y lejano de su mirada la brisa húmeda que no sabe esconder la tímida lluvia que se aproxima y no sabe empezar.     

II Cae la tarde en las manos de Julia

Julia escribe, en una hoja cualquiera y anárquica como las coordenadas en las que se encuentra, donde sea y desde siempre, escribe. Siempre es un presente eterno: el suyo. No importa mucho sobre qué estilo de pliegues, el papel puede ser cualquiera: de alfajor, harina,  una servilleta, el margen de algún diario, una revista que el tiempo transforma de lectura o espectáculo en azares diversos. Y entonces ese obsceno retazo de cuerpos o mansiones al que la clase media se dedica como pasatiempo con ahínco y ganas de se transforma en los azares de mi abuela tejedora, mi abuela hilandera, y los colores pasan a ser el paisaje de su canto silente. Lo mismo ocurre con el blanquinegro sensacionalismo de Crónica. Quizá Julia se reserve esos retazos de restos de diario para las tragedias que ella anima en el cóctel del pasado y sus invenciones.
 Julia escribe. Por  las tardes, porque sí, cuando espera que el sol y el día caigan. Hay una mecedora en el living de su casa que quisiera acunarla de tanto espacio vacío. Hay también una soledad plagada de imágenes de nietos por acá y por allá. A Julia, por la tarde, la acompañan las voces de la radio o la televisión y esos mates largos que se hacen cortos los sábados por la mañana cuando vamos a visitarla.
 Julia escribe nombres que tienen en su pensamiento gestos, muecas, sonrisas, lunares, hoyuelos, imperfecciones, movimientos, detalles. Julia escribe y en lo que escribe hay un exceso o una falta: Nombres con profundidades imposibles de nombrar en el nombre que las evoca. Julia escribe en sepia sin pausa, parsimónica y sin prisa: su árbol genealógico se desliza por los papeles que le sobran a la casa o al mundo, la botánica de sus raíces y sus vástagos recorre escenas de esa vida que es una y otra, distante pero suya pese a los asaltos del tiempo y sus secuaces. Y sus historias transforman el papel en el que escribe y todo es un pergamino antiguo y amarillento que no vamos a poder descifrar, azafrán de palabras que se guardan bajo llave, una llave que Julia se tragó hace años, años que suman décadas que vuelan al viento como ese polvo que uno ve en los rayos del sol, inasible, siempre en movimiento perenne, ínfimo.
La abuela Julia enumera nombres propios, apellidos, apodos, cataloga las ramas del antes y el después y dice cuando calla (porque Julia por lo general dice en silencio, su voz se alza sólo para formalidades, cortesía o, muy de vez en cuando, en sentencias que se marcan a fuego en la conducta humana del que las escucha[i]). Y su decir escribe Juan, Pepa, Rosa, Anita, Antonio para hilvanar las ocho letras de la palabra hermanos y en ese acto de traerlos al presente el nombre nos escatima los detalles que no pronuncia en alto; su mano muda balbucea en tinta Cristina para no decir ‘santa’ o ‘madre’, que para ella vienen a ser sinónimos idénticos, gemelos; o refunfuña Cataldo para construir una torre alta y aislada que sólo ostenta la hostilidad de las distancias, un padre equivocado, impiadoso, perdido en algún vicio devenido quizá de alguna ausencia, un viudo joven con sus hijos a cuestas.  Escribe sobre papeles no tan  blancos que encuentra por ahí, sobre el papel que envolvió los menesteres del hogar que vinieron del almacén de la esquina o de la feria de los martes; sobre papeles de color que envejecen en revistas del corazón que Julia lee para no ver unas sombras que recorren los ambientes de su casa cuando ni los nietos ni los hijos están de visita y sólo sus fotografías la acompañan en risas de papel, cuando el trabajo se toma su descanso y es ocio de palabras que se cruzan imaginando finales. Las historias de Julia no necesitan demasiadas palabras, los nombres propios pueden hacer de su tiempo cuentos que deforma, estira, aplasta, controla y expande o extirpa, el alimento que Julia rumia en el crimen que cometen sus manos cada tarde, en un crimen que le perdonamos porque somos parte de su botánica, tenemos de ella demasiado, y en su bestiario vegetal hay castigos que exceden nuestra comprensión, que vienen quizá de eras tan lejanas como inexistentes. Julia emplea su tiempo en escribir novelas que sólo ella entiende, que están cifradas en esos papeles de nadie, que algún día, con algo de suerte, alguien podrá desmadejar para compartir con otros, porque el crimen de Julia no es volcar los nombres, revivirlos, sino guardar en su lenguaje de listas las palabras que nos esconde, palabras que no conjugan ningún ‘hubiese’ porque recrean las cosas en el mismo sentido de los deseos, esos deseos que quizá no fueron pero que en algún costado de Julia van apilando los ladrillos de su historia paralela. El pequeño acto de las tardes de Julia no sabe que el viejo Cataldo no quiso que ella terminase la escuela pese al afán de las maestras de su hija por convencerlo, ni que Julia va a seguir repitiendo hasta el cansancio, hasta hoy, lo mucho que le hubiese gustado estudiar, que ella era buena, que tenía pasta, pero que en aquella época las cosas no eran fáciles en una familia humilde y menos siendo mujer. Su caligrafía de la tarde tampoco va a registrar el día en que dejó a su marido y se fue con sus hijos a otros pagos, de prestado primero, hasta que pudo alquilar algo con el modesto salario que le reportaban sus incontables horas de trabajo. Menos va a detenerse en los motivos de ese abandono forzado, que se vio obligada a decidir, cuya versión de los hechos se origina en las malas costumbres del don con quien había contraído un matrimonio hasta que la muerte los separe. No, las historias de Julia no caen en esos lugares para débiles, no los necesitan, para qué si sus dos hijos son un orgullo incesante, dos ejemplos de esfuerzo, trabajo, logros y dedicación, un padre y una madre que no hacen sino lo que corresponde con la corrección y la buena letra de dos mejores alumnos que se llevan el mundo a cuestas a pesar de la adversidad que les deparó el destino y su juego de azar. Para qué lamentarse, si en los nietos se puede subrayar exclusivamente un horizonte que se abraza, si en esa tierra del Nunca Jamás en la que los coloca no hay dolor, fracaso ni disconformidad.  Todo es color de rosa, y si no, lo pintamos. Y ya...
(Imposible descifrar el significado de esas letanías de nombres y apellidos, los mismos dos, tres, cuatro nombres que hoy hacen un cuento breve y fantástico, mañana quizás escriban una tragedia griega, que de algún modo va a tocar de lejos a la familia,  o una pieza del teatro del absurdo, siempre de otros. Así de sueltos andan los puentes entre nombre y nombre que sólo la criptógrafa que los crea los entiende, son el lenguaje de una sola persona, ergo, incomunicable, sospechoso.)
 Julia se entretiene con eso, sostiene el tiempo de los años en esas palabras que escribe para no dejar ir el pasado y encapsularlo de a ratos en el azar de esos papeles que van y vienen por la casa sin saber muy bien ni desde ni hacia dónde. Y así como encierra el pasado juega también a imbricarlo al suelo de la casa que pasea con esos patines de fieltro que tanto nos gustan, que tanto nos gustaban. El suelo de ese fieltro es instantáneo como el presente, brilla,  y no  nota la senda de unos ojos que caminan lento, como una hormiga que viaja laboriosa los lastres avaros de sus días, y en la casa hay sombra, una sombra amplia y constante, tenaz, que ni la risa de los nietos deja ir. Hay un aroma, un olor propio de esas historias que se callan en las letras de los nombres. Hay algo de resto en esa caligrafía perfecta y dedicada con la que Julia ensombrece el silencio para atarlo al papel, hay algo de brote mutilado en ese árbol que oscila entre lo ancestral y lo promisorio de la sangre, porque, a veces, muchas, Julia también escribe Leonardo David, Claudia Analía, Viviana Lorena, Carlos Roberto, Juan Pablo, Diego Gabriel, Damián Martín, Gabriel Federico, al lado de Juan José y Carmen Alicia, los prolíficos y cuatriplicados por igual hijos de Julia, a la perfección le gustan las simetrías, no sea cosa que el piso encerado se empiece a marcar con los pasos equivocados.
Los nombres van a arreciar como una marea cruenta cuando llegue la apócrifa alegría de la jubilación primero, y el fin obligado del trabajo que siguió haciendo, más tarde cuando el cuerpo y los tropezones le digan basta a las ganas de seguir.
Y más tarde, cuando ya haya bisnietos, Julia no va a saber, no se va a acordar, no va a poder escribir Haizea, Heico, Ione ni Yume, los nombres vascos que Viviana Lorena eligió para su prole, y sí va a saber escribir León Ernesto cuando nazca su anteúltimo bisnieto, hijo de Juan Pablo, pero ya no va a tener ganas ni de escribir ni de muchas otras cosas, ni hablar de cuando nazca Luci, la hija de Dami, tan chiquita ella, con gramos apenas, seismesina, destinada a unos días que harán meses que van a parecer años, siglos luz para sus padres que van a esperar el abrazo que fue imposible a la hora de nacer porque la fragilidad de la vida a veces nos invita a estar lejos, porque la ciencia hace cosas raras y Luci va a nacer diminuta pero, el tiempo va a agregar más tarde, también fuerte. Cuando Luci nazca Julia ni siquiera va a vivir en esa casa que fue suya todas las edades de su sol desde que la puerta de su felicidad se cerró a su biografía que empezó a tejer la de otros. Si vivir sola y tranquila fue una elección después de e implicó la necesidad de negar varias veces otras opciones, hoy es un imposible y la independencia de toda una vida pierde su prefijo porque el cuerpo delata sus posibilidades y caer es fácil y no poder levantarse un encierro inevitable. 

III Anochece en tus manos de alba
un viento débil
lleno de rostros doblados
que recorto en forma de objetos que amar
Alejandra Pizarnik
 
Julia tiene 82 años y anda cansada. Cansada de tanto. Y tanto no es identificable con una lista que pueda ser pronunciada. Como esos gestos que nadan la marea de los nombres que Julia escribe, esos mismos nombres que callan todo lo que tienen para decir, esos que no saben explicar la carrera del tiempo en la frente de un hijo, la panza de una nieta invadida por las enredaderas de la dicha, la lágrima de una hija que pierde a la suya en el exilio y comienza a reconstruirla a lo lejos en la añoranza, la locura de unos nietos perdidos en el limbo del que se cayeron al fugarse de espanto el orden y dios, la voz arrugada de trasnoches del nieto desquicio, el nieto caos, la pena del nieto abandonado por su primera novia, el sí de uno de los menores frente al altar en el que se confirman los votos de una promesa en la que cree tan fuerte que es imposible que resulte de otro modo, la dicha del primer poema de la nieta soledad, nieta miedo.
Y sin palabras en voz alta, sólo con nombres, ya sin letras, Julia se mece y sigue tejiendo esos entremeses de azar que son las vidas de los suyos, como en un rito pagano Julia los nombra en oraciones cortas para darles vida, para reforzar la sangre y acercarlos, Julia colecciona en algún cofre inmaterial esos ecos de palabras que enmarcaban los márgenes de las noticias que a nadie le importan, y Julia, sin haber vivido esos vericuetos, en su inmensa sospechosa soledad que empieza allá lejos y en la juventud de un divorcio transgresor (inconcebible)para la época, Julia, sin ser sus hijos, sin ser sus nietos, ni los primeros pasos de los hijos de los nietos, es un poco todos ellos, porque sigue devorando sus nombres como a personajes de ficción que alimentan sólo a lectores voraces, porque lo que no es a veces se alcanza en la lectura, en su demora y porque siempre se puede elucubrar el orgullo en los logros ajenos, cuando en lo ajeno hay algo que nos explica y contiene, aunque a veces el logro, el nuestro que otros comparten, sea salir del fracaso y en los trabajos de una rueca incansable empezar otra vez.


[i] Mi prima y yo podemos dar fe de eso que quizá pueda pasar de ser una leitmotif que oscila entre la virtud y la condena. Entonces tener palabra puede transformarse en los clavos de la cruz del que pronuncia, o lo bueno y loable de ganarse las cosas que uno tiene en una atadura al compromiso ciego con la autosuficiencia.